Motín del té: “Dejemos sin protección el Capitolio y animemos con propios y ajenos desnortados la entrada de una pequeña pero bien disfrazada turba justo cuando llegue el momento de hablar de Arizona”. Dicho y hecho / Un acuerdo ha puesto fin al “mal mayor” con el que las corporaciones coloniales han blindado su fraude electoral, aquietadas de paso las conciencias de los traidores con el bálsamo de “lo hacemos por el bien de la Nación”: Que no se haga más daño a la República debatiendo ante el Mundo el gran robo de soberanía que acaba de perpetrarse / Todo indica que se ha firmado un nuevo Tratado de Tordesillas en el que China y el Imperio Británico de las Corporaciones Globalistas se reparten el Nuevo Mundo – Om4

Hemos reclutado un ejército de generales, no obedecen a nadie” (George Washington).

Hace apenas unos días, Sir Mark Zuckerberg, cabeza visible de la discreta élite que siempre ha gobernado realmente al Imperio Británico y, tras la muerte de Napoleón Bonaparte, al Mundo entero, anunció la prohibición de voz del Presidente de EEUU en todos los medios propiedad de las Corporaciones Coloniales y de sus vasallos políticos.

Se hizo el silencio.

Fueron los océanos el medio por el que se estableció la primera red global. Y todo gracias a lo contrario de lo que ahora se nos dice: Una brutal reducción de la población causada por la Peste Negra trajo cambios sociales y políticos que condujeron y, a la vez, se sostienen sobre los dos pilares de la Edad Moderna: La individualidad y la tecnología.

Individualidad y tecnología confluyeron en un momento decisivo de la historia en el que la reducción de la población (y un entorno climático de enfriamiento global) llevó a Europa, no al desastre con el que ahora nos amenazan si continúa el desplome de la natalidad, sino nada menos que a la hegemonía mundial, ganando en contra de todo pronóstico a sus dos formidables competidores.

El Islam se encontraba en la cima de su esplendor, marcada por la toma de Constantinopla, por lo que no necesitaba impulsar ningún cambio sino, todo lo contrario, mantener de forma férrea su exitosa cosmovisión que, siguiendo la tradición medieval, unificaba todos los ámbitos de la existencia mediante un único discurso religioso, moral, político cultural y científico. Un aislamiento mental impulsor de una expansionismo físico, una autarquía ideológica y social que se ha mantenido hasta nuestros días y que es la responsable del atraso del que, con pocas pero prometedoras excepciones, como Emiratos Árabes Unidos, hacen gala.

Por su parte, la otra gran potencia de la época, China, abandonó brevemente su secular aislamiento físico y a punto estuvo, de la mano del emperador Yongle y su almirante Zeng He, de tomar el control de esa inmensa llanura marítima que estaba llamada a convertirse en el gran medio de la globalidad, el Internet de la época. Arrastrada por mezquinos y miopes conflictos de política interna, regresó a su ensimismamiento y dio la espalda al globalismo perdiendo la oportunidad que, finalmente, convirtió a Europa en la dueña del Mundo.

Las flotas española y portuguesa conquistaron los mares y establecieron por primera vez en la Historia un ámbito global que, junto a al desarrollo tecnológico y la libertad individualidad ha conformado el mundo en el que vivimos desde hace 500, fruto no del incremento de la población, como venía siendo norma desde el inicio del Neolítico, sino de todo lo contrario: un “desastre” demográfico y climático sin precedentes. Tomemos buena nota.

El Imperio Español fue el primer poder verdaderamente global, bajo el cuál, a partir de ese momento, se desarrollan y expanden los grandes motores de la economía: El comercio, la financiación y la tecnología. Los tres íntimamente ligados a un factor decisivo: la libertad individual.

El estado-nación surgió precisamente por ser la estructura política, social y económica capaz de aprovechar al máximo ese nuevo escenario de globalidad. Y lo hace como evolución de un híbrido entre señorío feudal y corporación empresarial que convirtió a los reinos, hasta entonces precarias instancias de poder, en complejas y vanguardistas estructuras sociales.

Pero la clave del éxito adaptativo no residía en la fuerza de un poder centralizado ni, mucho menos, en la unidad sustentada en dicho poder, el colectivismo, como demostraría Gran Bretaña, impulsada en mayor medida que el resto de las naciones europeas por el factor determinante de la modernidad: la libertad individual.

La Glorious Revolution desencadenó una cascada de cambios que llevaron a imponer la libre competencia como norma social preeminente. La aristocracia, en ese contexto de globalidad presidido por el comercio, la financiación y la tecnología, se vio obligada a defender sus antiguos privilegios de cuna y la posición de supremacía social mediante fórmulas adaptadas a las nuevas reglas de juego.

Mantener privilegios nobiliarios en una sociedad donde han sido abolidos. En eso consiste la Aristocracia liberal. Competir no en pie de igualdad sino con ventaja. Imponer un oligopolio que elimine de facto la libre competencia.

El poder en el Imperio Británico nunca ha residido realmente en la Corona, reducida a simple figura simbólica, sino en el oligopolio de las casas nobiliarias reconvertidas en corporaciones empresariales, esas grandes familias que detentan el dominio de la globalidad. Da igual que sean judíos o cristianos, blancos, negros o amarillos, masones, católicos, protestantes o ateos. La Élite es directa heredera de aquella aristocracia global, discreta y oligopólica que surgió en Gran Bretaña al unísono del liberalismo.

Puede parecer difícil, en un entorno de libre competencia, mantener privilegios aristocráticos. Pero ya existía un modelo perfecto para lograrlo. La “Patente de Corso”, que permite coexistir sin ningún problema la libre competencia y los privilegios nobiliarios, es el antecedente del que surge la aristocracia liberal como Institución perfectamente adaptada al nuevo escenario de “globalismo corsario” que toma la forma de imperialismo sin poder central ni estamento nobiliario expresamente dominante.

Los aristócratas deben ahora ganarse su poder y riqueza como todo el mundo: mediante su esfuerzo, talento y riesgo invertidos en los negocios de las finanzas, el comercio y la tecnología. Pero sin renunciar a una posición dominante socialmente aceptada.

No pueden manifestar su poder porque no tienen autorización formal y legal para ejercerlo, dado que la sociedad liberal está basada en la ausencia de poder. No pueden desvelar su control del mercado porque el origen de toda legitimidad se encuentra en la libre competencia de los individuos y no en la consolidación de posiciones jerárquicas hereditarias. Deben, por tanto, constituir una sociedad secreta que controle al poder político: al Rey, a los congresistas y senadores, incluso a los dictadores y caciques de sociedades no democráticas y que se esconda tras una apariencia respetable: La Corporación Empresarial.

Esta es la secuencia evolutiva: Patente de Corso, Compañía de Indias, Corporación Empresarial. Las tres son esencialmente lo mismo y plenamente intercambiables.

Las compañías coloniales ocuparon el nuevo espacio global estableciendo un oligopolio que no estaba vinculado al poder político, sino que instituía su propio poder político. Exactamente igual que los corsarios. Y son estas mismas compañías las que, bajo la denominación de “corporación empresarial”, siguen dominando el Mundo como herederos de un Imperio Británico que sigue vivo porque nunca residió realmente en un territorio ni en un poder político centralizado, sino en un conjunto de intereses confluentes de una clase aristocrática que controla la globalidad desde la misma ocultación de cualquier corsario. El Imperio Británico era y aún es “esas familias que mandan”, esos corsarios que manejan flotas, asolan costas y compran gobernadores desde la más absoluta clandestinidad.

Estalló la guerra sin que pareciera ser tal cosa y casi nadie se ha percatado todavía de lo que realmente sucede: Lo mismo que ya sucedió. Ahí están, otra vez, las corporaciones coloniales, los aristócratas liberales dueños del oligopolio financiero, tecnológico y comercial aglutinados en un Imperio Británico que persiste más allá de la Historia escrita, oculto tras la bruma de las leyendas que repiten viejos marineros conspiranoicos. La misma guerra, con los mismos medios, las mismas estrategias y las mismas derrotas iniciales. Una similitud espeluznante. Pero, ahora, con la lección aprendida por unos, las élites globales que antaño perdieron, y olvidada por otros, los patriotas hijos de la libertad que la ganaron.

El motín del té lo han organizado los verdaderos dueños del Imperio Británico. Y son ellos quienes han disfrazado de colonos a sus casacas rojas, en lugar de los colonos disfrazarse de mohawks. Todo igual pero al revés.

¿Por qué?

Ahora mismo se está decidiendo quién controlará el nuevo continente-tiempo, la nueva América: El Ciberlítico. Un mundo poblado por nativos, los Homo machina, que sustituirán a la mano de obra humana. Ese es el motivo de que resurjan las viejas tensiones: Por un lado, la aristocracia liberal de, entre otros, Sir Mark Zuckerberg, Sir Jeff Bezos, Sir Larry Fink, Sir Bill Gates, Sir Larry Page… ¿Sir Elon Musk y Sir Jack Ma?, que pretende trasladar hasta este nuevo escenario global su oligopolio, con el objetivo oculto de “prescindir” de la población humana sobrante después de un periodo de transición en el que los problemas ambientales y la burbuja poblacional justifiquen una “solución final” apocalíptica. Por el otro, los hijos de la Revolución Americana, los patriotas de ese nuevo ente político que reside en la unión de las libres voluntades individuales, inventado desde la nada hace 250 años completamente distinto a cualquier otro estado-nación en la medida en que un patriota americano no se distingue a sí mismo de su país.

Las viejas corporaciones, mucho más discretas, principalmente las del ámbito financiero (incluidos los grandes fondos de inversión) y las materias primas, y las nuevas, mucho más prepotentes, como corresponde a sus advenedizos dueños, las del ámbito tecnológico y comercial manejan a sus títeres políticos o, mejor dicho, contratando y despidiendo empleados, encargados, administradores de sus territorios coloniales, ejerciendo el poder político inmune a la ley que otorgan las patentes de corso.

El Imperio frente a los mismos colonos incapaces incapaces de ganar una guerra en campo abierto: el de la opinión pública.

EEUU es, de nuevo, un conjunto desorganizado y desunido de colonias frente a un Imperio que ha vuelto a conquistar América de la misma manera y en el mismo tiempo en que ha reconducido a la vieja Europa hasta el siglo XV. Todo al unísono de la ofensiva de ingeniería social lanzada por el naciente Imperio Chino.

La aristocracia liberal ha comprado a las autoridades de las nuevas colonias europeas y americanas exactamente igual que las corporaciones mercantiles de antaño hacían con los caciques y reyezuelos. Ha implantado sus propias leyes de excepcionalidad permanente para sofocar revueltas y descabezar preventivamente a los posibles cabecillas de una resistencia que se antoja inútil ante el poder de esos corsarios de alcurnia que se permiten expulsar del nuevo océano, Internet, a la flota que les place (hoy Parler, mañana cualquier otra) o al mismísimo Presidente de EEUU.

“Dejemos sin protección el Capitolio y animemos con propios y ajenos desnortados la entrada de una pequeña pero bien disfrazada turba justo cuando llegue el momento de hablar de Arizona”. Dicho y hecho.

Un acuerdo ha puesto fin al “mal mayor” con el que las corporaciones coloniales han blindado su fraude electoral, aquietadas de paso las conciencias de los traidores con el bálsamo de “lo hacemos por el bien de la Nación”: Que no se haga más daño a la República debatiendo ante el Mundo el gran robo de soberanía que acaba de perpetrarse. Una República a la que, exactamente igual que sucedió con la Corona Británica, se ha dejado sin poder.

¿Salvar una República ocultando su destrucción? ¿Es eso lo que lo que han firmado?

Un acuerdo ignominioso que acaba con la Independencia y devuelve las colonias a sus antiguos dueños, herederos de un Imperio que perdura encarnado en nombres de señoríos antiguos y nuevos. Un acuerdo cuyos términos y partícipes aún están por determinar, pero que los hechos y los actos desnudos de propaganda nos van dejando claros. Un acuerdo de vejación, más que de rendición, firmado por títeres políticos a sueldo y pusilánimes mediocres, cuyo objetivo prioritario es la instauración de una dictadura vírica como la que ya funciona en casi toda Europa.

Un burdo complot para necios que amenaza con derrotar definitivamente a los colonos de uno y otro lado del Atlántico, los únicos que pueden hacer peligrar la plena instauración del orden mundial soñado por la vieja aristocracia dueña en la sombra, antes y ahora, del Imperio que no fue sino una tapadera para corsarios, un reducto de impunidad, una comedia para blanquear botines y rapiñas.

Un burdo engaño bajo cuya falsa bandera los patriotas de sí mismos como nación libre se han encerrado en el abatimiento, la clandestinidad y la lealtad truncada en sumisión, intentando justificarse bajo la mentira de su proporción minoritaria, convencidos de la inutilidad de usar sus armas, organizarse en milicias y combatir como antaño, en una masiva guerra de guerrillas que ataque al enemigo en su punto más vulnerable: desenmascarando y arruinando el oligopolio financiero, comercial y tecnológico sobre el que se sustentan.

¿Qué?

Crear la más poderosa de las flotas. Construir una corporación empresarial como la de ellos, con los mismos recursos y ventajas estratégicas, pero con la fuerza añadida de la libertad individual. Ese factor de triunfo que tantas veces pasa desapercibido o despreciado. Una nación-corporación abierta a todos los patriotas de todo el mundo, cuyo único objetivo sea conquistar la globalidad y someterla al monopolio de la libertad.

Todo indica que se ha firmado un nuevo Tratado de Tordesillas en el que China y el Imperio Británico de las Corporaciones Globalistas se reparten el Nuevo Mundo.

También, que los colonos americanos (como los del resto del mundo) no podrán vencer en esta nueva edición de la Historia. Sin embargo, derrotaron a los casacas rojas. Y lo hicieron con las armas.

No lo olviden Sus Señorías. No lo olvidemos tampoco nosotros, los que estamos siendo colonizados por Sus Señorías a lo largo y ancho del todo Globo. Porque un ejército de generales (de hijos de la libertad) es lo único que puede derrotar al Imperio Global. Hoy exactamente igual que ayer.

 

https://ozyesite.com/2021/01/12/motin-del-te/

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