Miguel Ríos: «Iré a la manifestación, mi pensión es una mierda» – Objetivo Digital

Será una gira «relajadita, que tengo 73 años», dijo Miguel Ríos sobre el proyecto postrero en el que se embarca, «Symphonic», que consta de un disco con DVD y de una gira con la orquesta sinfónica de Granada que comienza el 21 de junio en Barcelona y, posteriormente, viajará a Marbella (23 de agosto), Murcia (1 de septiembre), Salamanca (5 de octubre), Valladolid (20 de octubre) y Bilbao (1 de diciembre). Asimismo, aún sin fecha cerrada, pasará por Madrid, en el Teatro Real, Valencia, Sevilla y Santander. El material, pues el clásico: desde «Memoria de la carretera» a «Bienvenido» pasando por «Santa Lucía». Pero Ríos no es preso de su pasado, sino que escucha a Vetusta Morla («su último disco está al nivel de los Beatles», dijo ayer en rueda de prensa) y opina que para que sus álbumes anteriores a los años 80 se reeditasen «tendría que haber un clamor y no se dan clamores, más bien estertores», bromeó.

–En 2010 dijo «Bye, bye Ríos». Estaba faltando a su palabra.

–No he sido muy coherente en la vida, pero hay cosas a las que no les puedes decir que no. Tocar con orquesta se presentó como algo natural que solo estaba dispuesto a hacer con Josep Pons y la orquesta de Granada. Porque habíamos hecho ya en su día a Kurt Weill, 15 años antes, y funcionó. Al final ha sido más placentero y menos estresante de lo que creía. Los arreglos estaban maravillosamente hechos y a mí me emocionaba ver las canciones que hice con una guitarrita crecer y adquirir otras connotaciones en ese marco.

–¿Entonces nunca piensa en jubilarse?

–¡Pero si ya estoy jubilado! Esto es el recreo, nada más (risas). Por eso, porque estoy jubilado, voy a ir a la manifestación del sábado, claro.

–¿Le pagan mala pensión?

–Sí que la tuve. Después de hacer la gira de «El gusto es nuestro», porque entonces me di de baja y me dieron una pensión ridícula. Antes que dejársela al Estado, la cogí, porque me correspondía. Y luego tuve que renunciar a ella porque salió toda esa polémica por la que no podías compaginar una renta de trabajo con ella, es decir, el pago de unos royalties, y me la tuve que quitar. Lo mismo le sucedió a muchos escritores que cobraban derechos de autor. Así que la tuve muy poco y luego he tenido que volver a trabajar en alguna cosa. Menos mal que el «Himno a la Alegría» me mantiene.

–Cómo… ¿le sigue dando de comer?

–Hombre, es que los músicos nunca hemos tenido seguridad social. En ningún contrato un empresario se plantea pagártela pero ni por asomo. Siempre tienes que hacerlo como autónomo pero es que en mi caso, cuando me informaron de cómo hacerlo ya era tardísimo en mi carrera. Estás 15 o 20 años sin cotizar. Y después de trabajar toda la vida de aquí para allá te queda una mierda de pensión. Pero yo me indigno por otros, no por mí. Al fin y al cabo lo mío ya está hecho. Pero es que el de músico es un oficio basado en no tener seguridad de ningún tipo. Si te quieren, pues muy bien. Si no, a tomar por culo. Esa es la cuerda floja en la que he estado toda mi vida, porque si tu disco no gusta, pues te comes un colín.

–Pues vaya suerte hacer un «Himno a la Alegría».

–¡Y mira que yo no lo compuse! (risas). Si lo llego a hacer yo… pero no, debió ser otro señor hace 250 años… Fuera de bromas, esa canción es lo que me ha permitido pensar que estás en un oficio en el que se te cuida y se te quiere. De otra manera, no te comes una paraguaya…

–Ahora hace un proyecto sinfónico. ¿Es más fácil de hacer que el rock?

–Con la orquesta, sigues el papel, te centras en lo que está escrito. La mano que dirige te permite olvidarte de los accidentes de la música. Es más fácil, y lo que más me alucinaba de Sinatra, por ejemplo, es ver cómo lograba una comunión con el director sobrenatural. Yo lo he hecho con Josep Pons por una razón: él sabía decirnos que no leyéramos y que, aunque las cosas están escritas, en el rock and roll hay una intención que no se puede plasmar en el papel, que depende de algo que no se puede poner en el pentagrama, una especie de mala leche.

–Menciona a Sinatra. ¿No le preocupa que digan que el rock es para jóvenes y los viejos se dedican a lo sinfónico?.

–La verdad es que no me preocupa, porque puede que tengan razón (risas). Pero la vejez está muy bien si no tienes muchos achaques ni muchos reproches.

–Y usted, ¿de qué tiene más?.

–De ninguno. He tenido suerte de ser coherente. Eso me ha ayudado.

–Pues en la primera respuesta me ha dicho lo contrario.

–(Risas) Era para justificar lo injustificable.

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