La reforma que haría pasar del aprobado al sobresaliente a la Universidad española. Ninguna de nuestras universidades está entre las 200 mejores, ni tiene visos de estarlo en el futuro. ALGO (MUCHO) TIENE QUE CAMBIAR YA | EL MUNDO

-LA UNIVERSIDAD EN ESPAÑA: EL DESAFÍO PENDIENTE DE PASAR DEL APROBADO AL SOBRESALIENTE-

  • Las facultades y los departamentos que componen las universidades actualmente son reinos de taifas cuyos decanos y directores no tienen por qué obedecer las órdenes del rector. La actual Ley de Universidades, la endogamia tradicional y el modelo funcionarial son el principal lastre de las universidades españolas para avanzar hacia la excelencia académica en España.
  • En España tenemos una cultura universitaria incapaz de concebir la excelencia y la equidad dentro de la misma ecuación. «Excelencia significa aprovechar de los mejores sus potencialidades, y eso también tiene que ver con la igualdad de oportunidades, pero es que, si tratas a todos por el mismo rasero, lo único que estás haciendo es potenciar la mediocridad».
  • Tres consecuencias nefastas con el bum reciente de universidades nuevas en todo el territorio español: se descontroló la oferta universitaria, con el consiguiente despilfarro de recursos; se propició un modelo de universidades clónicas creadas de espaldas a cualquier especialización o fortaleza; y se produjo un incremento sin control en las contrataciones de profesorado y, por tanto, un descenso del nivel académico.
  • «La financiación desempeña un papel importante. La caída de la inversión en España durante la crisis ha sido del 21% en el sector público y del 47% en el privado», apunta el presidente de los rectores. Pero no lo explica todo, ni mucho menos. Porque ya antes de la crisis las universidades españolas arrastraban importantes taras de mediocridad.
  • El catalán se ha convertido en el sistema universitario más potente de España, gracias a programas como Icrea y Serra Húnter, destinados a incentivar la contratación de cerebros internacionales. Y ésa, también, es la línea que el Gobierno de la Comunidad de Madrid pretende copiar con su Ley del Espacio Madrileño de Educación Superior (Lemes). “Claro que hay gente buena en nuestras universidades, pero debería priorizarse siempre el talento a que te hayas formado o no en el centro que convoca la plaza, esa competitividad es la que garantiza la excelencia”.

Mientras usted lee este texto, miles de estudiantes arrancan la Selectividad en seis comunidades españolas. Como si fueran pertiguistas, todos ellos deberán hacer palanca sobre su talento y sus conocimientos para superar el listón que marca la diferencia entre estudiar la carrera soñada en la universidad elegida o conformarse con lo que dejen libre los más listos de la clase.

Esa vocación y esas ambiciones son el frágil material que después moldearán las universidades para convertir a esos jóvenes en ciudadanos críticos y profesionales competentes. Tanto ellos como la sociedad y la economía española se juegan mucho en esa labor de alfarería. Sin embargo, los pobres resultados de nuestros campus en los ránkings internacionales han hecho caer el velo de la sospecha. ¿Es mala la formación universitaria en España? ¿Qué falla y cómo podría mejorarse?

«Tenemos actualmente la mejor Universidad de la historia de España, lo que no significa que no haya que mejorar y hacer reformas para prestar cada día un mejor servicio», abunda Segundo Píriz, presidente de CRUE Universidades Españolas. Su argumento es el mantra que ha venido repitiendo dicha institución en la última década para combatir otro: ése de que no colocamos a ninguna universidad entre las 200 mejores. «Tenemos un sistema muy homogéneo, y la inmensa mayoría de nuestras universidades están ubicadas en el 5% de las mejores del mundo», alega Segundo Píriz.

Paradójicamente, esa homogeneidad y sus raíces históricas son una de las causas que explican por qué nuestra educación superior no ha logrado pasar del aprobado al sobresaliente. Entre 1985 (cuando comenzó el proceso de transferencia de las competencias educativas a las comunidades) y 2003 se crearon en España 19 universidades públicas y 13 privadas. El problema no es que se crearan, sino que surgieron impulsadas por el nuevo clientelismo autonómico: ninguna provincia podía quedarse sin su propia universidad y ninguna universidad podía prescindir de carrera alguna…

«No tendríamos que estar permanentemente fustigándonos, hemos hecho las cosas muy bien desde el punto de vista de la cohesión, pero ahora tenemos que potenciar los núcleos de excelencia», apunta Rafael Van Grieken, consejero de Educación, Juventud y Deporte de la Comunidad de Madrid. Aquella política del café para todos explica muchos de los males que padece la Universidad española, pero no todos. «La financiación desempeña un papel importante. La caída de la inversión en España durante la crisis ha sido del 21% en el sector público y del 47% en el privado», apunta el presidente de los rectores.

Y no le falta razón. Según la OCDE, en el año 2012 España dedicaba un 1,24% de su PIB a formación superior, frente al 1,36% de la UE-21 y el 1,55% de la OCDE. «Contamos con una financiación básica que permite financiar los costes de personal y los gastos corrientes, con lo que estarían cubiertas la docencia y la extensión universitaria. Otra cosa es la investigación», matiza Carmen Pérez Esparrells, profesora de Economía Aplicada de la Autónoma de Madrid. Ante la tentación de pensar que un aumento de la inversión pública resolvería todos los problemas, esta experta en financiación educativa lanza dos advertencias: que sólo con recursos públicos «no será suficiente», sino que será necesario complementarla «con captación de fondos, filantropía, ecosistemas innovadores…». La otra, que «habría que utilizar esa financiación extra de forma selectiva, porque no es lo mismo dedicarla a consolidar los equipos ya existentes que a fichar científicos con gran impacto internacional o investigadores de gran proyección».

Esa línea es, precisamente, la que ha convertido al catalán en el sistema universitario más potente de España, gracias a programas como Icrea y Serra Húnter, destinados a incentivar la contratación de cerebros internacionales. Y ésa, también, es la línea que el Gobierno de la Comunidad de Madrid pretende copiar con su Ley del Espacio Madrileño de Educación Superior (Lemes). Un 47% de los catedráticos españoles tenía 60 años o más en el curso 2014/2015, por lo que está a punto de producirse un relevo generacional que la Universidad española debería aprovechar para reinventarse.

 

Claro que hay gente buena en nuestras universidades, pero debería priorizarse siempre el talento a que te hayas formado o no en el centro que convoca la plaza, esa competitividad es la que garantiza la excelencia”, expone Van Grieken. Un 73,5% del personal docente e investigador doctor de las universidades públicas presentó su tesis en la misma universidad en la que se acabó quedando como funcionario. Y ello pese a que, en los últimas dos décadas, se han blindado las contrataciones con todo tipo de pruebas nacionales de nivel, baremos, concursos de acceso a plaza, oposiciones, tribunales…

Por eso, cada vez son más los expertos que abogan por un cambio radical del enfoque. “La endogamia en la entrada de profesorado tiene que ver con que los universitarios se miran su propio ombligo y la Universidad se hace cada vez más cerrada en vez de pensar en la sociedad y en prestar el mejor servicio posible”, denuncia Federico Morán, ex secretario general de Universidades del Ministerio de Educación. “Se les debería permitir contar con sus propios procesos de selección tras la acreditación nacional, pero vinculándolo a un sistema de financiación por objetivos, de tal forma que si sus alumnos no están formados adecuadamente y no son competitivos en el mercado laboral; si los profesores no generan conocimiento adecuadamente… tengan que responder por ello y se resienta su cuenta de resultados”, sugiere.

Bien es cierto que el modelo funcionarial que rige actualmente la Universidad española no ayuda mucho a desincentivar la endogamia. “Claro que tiene grandes inconvenientes”, reconoce el presidente de la CRUE. “Si bien garantiza la necesaria estabilidad de los profesores, también puede que deje sin motivación a algunos y que no rindan como se espera de ellos”, argumenta. “Y nos impide pagar a un investigador de excelencia como cualquier otra universidad del mundo. No somos competitivos porque sólo podemos ofrecer la cuarta parte”, completa.

El modelo funcionarial es uno de los corsés que frenan el relanzamiento incluso de aquellas instituciones que han decidido apostar por las mejores prácticas internacionales. El otro es la Lomlou, la ley orgánica con la que el PSOE se limitó a maquillar en 2007 la LOU del PP, aun reconociendo que los tiempos demandaban más ambición. «La base de la legislación actual es la misma que en 1985.  Nuestras universidades siguen funcionando como en el siglo XVIII pese a que el mundo ha cambiado radicalmente. Es necesaria una revolución», comenta Pérez Esparrells. Quizás el más grave sea el corsé del sistema de gobierno. Imagine que el Real Madrid alineara sólo jugadores de la cantera en vez de a los mejores del mundo, que éstos tuvieran la posibilidad de expulsar al entrenador cada vez que éste les hiciera entrenar duro o que pudieran declararse en rebeldía con la política institucional del club. Pues esa, salvando el abismo que media entre el fútbol y la academia, es lo que ocurre en las universidades españolas.

“NUESTRAS UNIVERSIDADES SIGUEN FUNCIONANDO COMO EN EL SIGLO XVIII PESE A QUE EL MUNDO HA CAMBIADO RADICALMENTE. ES NECESARIA UNA REVOLUCIÓN”

Imagine que el Real Madrid alineara sólo jugadores de la cantera en vez de a los mejores del mundo, que éstos tuvieran la posibilidad de expulsar al entrenador cada vez que éste les hiciera entrenar duro o que pudieran declararse en rebeldía con la política institucional del club. Pues ese es un símil válido para lo que ocurre en las universidades españolas.

“Personalmente, puedo decir que ni una sola de las medidas que he llevado al Consejo de Gobierno ha sido tumbada en él”, aclara Píriz, «pero reconozco que en otras universidades han tenido problemas para sacar adelante presupuestos y han tenido que prorrogarlos dos o tres años, lo cual indica que algo no funciona”.

Los modelos que han barajado los expertos proponen crear un consejo de sabios de reconocido prestigio académico que sea quien marque las líneas estratégicas para el futuro de la institución y designe al rector que deberá ejecutarlas. El objetivo es evitar que este último quede a merced, durante su mandato, del voto (y la censura) de la comunidad universitaria a la que tiene que gobernar. «No es que el rector no pueda tomar libremente sus decisiones, pero el coste de hacerlo es brutal», apuntala Rafael Van Grieken.

Por extraño que parezca, las facultades y los departamentos que componen las universidades actualmente son reinos de taifas cuyos decanos y directores no tienen por qué obedecer las órdenes del rector ni seguir las líneas estratégicas de la institución a la que pertenecen. Pero, para cambiar todo eso, es necesario derogar una norma con rango de ley orgánica. Un melón que ninguno de los últimos gobiernos se ha atrevido a abrir, pese a que se encargaron sucesivos informes sobre cuál era la reforma que permitiría a la Universidad española dar el salto de calidad que le queda pendiente. Todos ellos más o menos coincidentes en su diagnóstico. Todos ellos guardados en un cajón.

Porque, puestos a hablar de los factores que frenan el avance de la Universidad española hacia la excelencia, uno decisivo tiene que ver con los tabúes del lenguaje político en una cultura universitaria incapaz de concebir la excelencia y la equidad dentro de la misma ecuación. «Excelencia significa aprovechar de los mejores sus potencialidades, y eso también tiene que ver con la igualdad de oportunidades, porque, si tratas a todos por el mismo rasero, lo único que estás haciendo es potenciar la mediocridad», defiende Marcellán, que también fue director de la Aneca y secretario general de Política Científica y Tecnológica en los gobiernos de Zapatero.

«PARA UN RECTOR, EL COSTE DE TOMAR DECISIONES ES BRUTAL”, DENUNCIA EL CONSEJERO VAN GRIEKEN

Origen: Los grandes retos de la Universidad | EL MUNDO

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