Yanis Varoufakis cuenta la verdadera historia del chantaje de la UE a Grecia

varoufakis

LA VERDADERA HISTORIA

DEL CHANTAJE DE LA UE

A GRECIA

PUBLICADO EN EL DIARIO INGLÉS ‘THE GUARDIAN’

Alemania no escatimará el dolor a Grecia -Tiene interés en rompernos

“La reestructuración de la deuda ha sido siempre nuestro objetivo en las negociaciones, pero para algunos líderes de la eurozona echar a Grecia (Grexit) de la UE es el objetivo”
 
 ‘Wolfgang Schäuble [el ministro de Finanzas de Alemania] está convencido de que, tal como están las cosas, necesita una salida griega para aclarar la atmósfera”.

AUTOR: Yanis Varoufakis, ex ministro de Finanzas griego
Viernes 10 de julio 2015 1

El drama financiero de Grecia ha dominado los titulares durante cinco años por una razón: la obstinada negativa de nuestros acreedores a ofrecer alivio a la deuda. ¿Por qué, en contra del sentido común, contra el veredicto del FMI y en contra de las prácticas cotidianas de los banqueros que tienen que verse las caras con los deudores estresados, ¿se resisten a una reestructuración de la deuda? La respuesta no se encuentra en la economía, ya que reside en lo más profundo de la política laberíntica que se practica en la Unión Europea.

En 2010, el Estado griego se convirtió en insolvente. Se presentaron dos opciones compatibles con proseguir con la pertenencia a la zona euro: la opción sensata, que cualquier banquero decente recomendaría – reestructuración de la deuda y reforma de la economía-; y la opción tóxica -nuevos préstamos a una entidad en quiebra mientras pretenden que siga siendo solvente-.

La Europa oficial eligió la segunda opción, anteponiendo el rescate de los bancos franceses y alemanes expuestos a la deuda pública griega por encima de la viabilidad socioeconómica de Grecia. Una reestructuración de la deuda habría implicado pérdidas para los banqueros en sus holdings de deuda griega. Los representantes comunitarios se mostraron muy interesados en evitar confesar a los parlamentos nacionales que los contribuyentes tendrían que pagar de nuevo por los bancos mediante nuevos préstamos insostenibles. En su lugar, los representates comunitarios presentaron la insolvencia de Grecia como un problema de falta de liquidez, y justificaron el “rescate” como un caso de “solidaridad” con los griegos.

El cínico traspaso de pérdidas privadas irrecuperables para cargarlas a hombros de los contribuyentes se disfrazó de ejercicio de “amor duro” [quien bien te quiere te hará sufrir], se le impuso a Grecia un récord en austeridad, y su Producto Interior Bruto (PIB) -a partir del cual tenían que volver a pagarse las deudas viejas y nuevas- sufrió una reducción de más del 25%. ingreso nacional, a su vez – de la cual las deudas nuevas y viejas tuvieron que ser reembolsado – disminuida por más de un cuarto. Se necesita la pericia matemática de un niño inteligente de ocho años de edad para saber que este proceso no podía terminar bien.

Una vez que la sórdida operación se completó, Europa había adquirido automáticamente otra razón para negarse a discutir la reestructuración de la deuda: ¡ahora significaría golpear los bolsillos de los ciudadanos europeos! De manera que se administraron dosis crecientes de austeridad mientras que la deuda se hizo más grande, lo que obligó a los acreedores a extender más préstamos a cambio de más austeridad.

Nuestro gobierno fue elegido con el mandato de poner fin a este ciclo fatal; para exigir la reestructuración de la deuda y el final de la incapacitante austeridad. Las negociaciones llegaron a un muy publicitado punto muerto por una simple razón: nuestros acreedores siguen descartando cualquier tangible reestructuración de la deuda mientras insisten en que nuestra deuda impagable ser reembolsada “paramétricamente” por hasta el más débil de los griegos, y sus hijos y sus nietos.

En mi primera semana como ministro de Finanzas recibí la visita de Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo (los ministros de Finanzas de la zona euro), que me puso ante una dura elección: o aceptar la “lógica” del plan de rescate y olvidar cualquier demanda de reestructuración de la deuda, o el acuerdo de un nuevo préstamo “se estrellaría” -con la consiguiente consecuencia implícita del cierre de los bancos griegos-.
Siguieron cinco meses de negociaciones en condiciones de asfixia monetaria y una fuga de depósitos inducida, supervisada y administrada por el Banco Central Europeo. La señal sonaba alta y clara: a menos que capitulásemos, pronto estaríamos haciendo frente a los controles de capital, a los fallos en los cajeros automáticos, al cierre prolongado de los bancos y, en última instancia, al Grexit.

La amenaza del Grexit ha tenido una historia breve, de montaña rusa. En 2010 se puso el temor de Dios en los corazones y las mentes de los financieros dado que sus bancos estaban repletos de la deuda griega. Incluso en 2012, cuando el ministro de Finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble, decidió que los costos del Grexit eran una “inversión” que valía la pena como una forma de disciplinar a Francia y a otros, casi todos los demás continuaron contemplando esta posibilidad como lo peor que podía pasar.
 “Para cuando Syriza ganó el poder en enero pasado, una mayoría dentro del Eurogrupo aprobaba el Grexit, ya fuera como su resultado preferido, o como posible arma en contra de nuestro gobierno “.

En el momento en que Syriza ganó el poder en enero pasado, y como para confirmar nuestra afirmación de que los “rescates” no tenían nada que ver con rescatar Grecia (y todo que ver con crear un círculo protecto en torno al norte de Europa), una gran mayoría dentro del Eurogrupo – bajo la tutela de Schäuble – había adoptado el Grexit, ya fuera como su resultado preferido o como posible arma en contra de nuestro gobierno.

Los griegos, con razón, temblaban al pensar en la amputación de la unión monetaria. Salir de una moneda común no se asemeja en nada a soltar algo sujeto con pinzas, como hizo Gran Bretaña en 1992, cuando Norman Lamont anunciaba que el Reino Unido abandonaba el mecanismo de tipos de cambio (MTC). Por desgracia, Grecia no tiene una moneda cuya paridad con el euro se pueda cortar. Tiene el euro – una moneda extranjera totalmente administrada por un acreedor hostil a la reestructuración de la deuda insostenible de nuestra nación-.
Para salir, tendríamos que crear una nueva moneda a partir de cero. En el Irak ocupado, la introducción de nuevos billetes tardó casi un año, más o menos 20 aviones Boeing 747, la movilización de la fuerza militar de EE.UU., tres compañías impresoras y cientos de camiones. En ausencia de tal apoyo, el Grexit sería el equivalente de anunciar una gran devaluación con más de 18 meses de antelación: una receta para liquidar toda la reserva de capital griega y que fuese transferida al extranjero por cualquier medio disponible.

Con el Grexit reforzando la fuga de depósitos inducida por el BCE-, nuestros intentos de poner reestructuración de la deuda de nuevo sobre la mesa de negociación cayeron en oídos sordos. Una y otra vez nos dijeron que se trataba de un asunto para tratar en un futuro indeterminado, y que la reestructuración iría a continuación de que “se completara con éxito el programa”. Un estupendo círculo vicioso ya que el “programa” nunca podría tener éxito sin una reestructuración de la deuda.

Este fin de semana llega el clímax de las conversaciones mientras Euclides Tsakalotos, mi sucesor, se esfuerza, de nuevo, para poner el caballo delante del carro – para convencer a un Eurogrupo hostil de que la reestructuración de la deuda es un requisito previo para el éxito de la reforma de Grecia, no una recompensa posterior. ¿Por qué es tan difícil de conseguir que lo entiendan? Veo tres razones.

Una es que la inercia institucional es difícil de superar. Una segunda, que la deuda insostenible da a los acreedores inmenso poder sobre los deudores – y el poder, como sabemos, corrompe incluso a los mejores-. Pero es la tercera la que me parece más pertinente y, de hecho, más interesante.

El euro es un híbrido entre un régimen de tipo de cambio fijo, como el MTC de la década de 1980 o el patrón oro de la década de 1930, y una divisa estatal. El primero se basa en emplear el miedo a la expulsión para permanecer juntos, mientras que su faceta de divisa estatal implica el desarrollo de mecanismos para reciclar excedentes entre los Estados miembros (por ejemplo, un presupuesto federal, lazos comunes). La eurozona cae entre estos modelos- es más que un régimen de tipo de cambio y menos que un estado.

Y ahí está el problema. Después de la crisis de 2008/9, Europa no sabía cómo responder. Se preguntaba si debería preparar el terreno para al menos una expulsión (es decir, la de Grecia o Grexit), con el fin de fortalecer la disciplina. ¿O pasar a convertirse en una federación? Hasta ahora no ha llevado a cabo ninguna de las opciones, pero su angustia existencialista permanece en aumento. Schäuble está convencido de que tal como están las cosas, él necesita de un Grexit para aclarar la atmófera, de una manera u otra. De repente, una deuda pública permanentemente insostenible, sin la cual el riesgo del Grexit se desvanecería, ha adquirido una nueva utilidad para Schauble.

¿Qué quiero decir con esto? Sobre la base de meses de negociación, mi convicción es que el ministro de Finanzas alemán quiere Grecia sea empujada fuera de la moneda única para poner el temor de Dios en los franceses y obligarles a que acepten su modelo de una zona euro disciplinaria.

PUBLICADO EN EL DIARIO INGLÉS ‘THE GUARDIAN’

TEXTO ORIGINAL

Germany won’t spare Greek pain – it has an interest in breaking us

Debt restructuring has always been our aim in negotiations – but for some eurozone leaders Grexit is the goal

Friday 10 July 2015
Greece’s financial drama has dominated the headlines for five years for one reason: the stubborn refusal of our creditors to offer essential debt relief. Why, against common sense, against the IMF’s verdict and against the everyday practices of bankers facing stressed debtors, do they resist a debt restructure? The answer cannot be found in economics because it resides deep in Europe’s labyrinthine politics.

In 2010, the Greek state became insolvent. Two options consistent with continuing membership of the eurozone presented themselves: the sensible one, that any decent banker would recommend – restructuring the debt and reforming the economy; and the toxic option – extending new loans to a bankrupt entity while pretending that it remains solvent.

Official Europe chose the second option, putting the bailing out of French and German banks exposed to Greek public debt above Greece’s socioeconomic viability. A debt restructure would have implied losses for the bankers on their Greek debt holdings.Keen to avoid confessing to parliaments that taxpayers would have to pay again for the banks by means of unsustainable new loans, EU officials presented the Greek state’s insolvency as a problem of illiquidity, and justified the “bailout” as a case of “solidarity” with the Greeks.

To frame the cynical transfer of irretrievable private losses on to the shoulders of taxpayers as an exercise in “tough love”, record austerity was imposed on Greece, whose national income, in turn – from which new and old debts had to be repaid – diminished by more than a quarter. It takes the mathematical expertise of a smart eight-year-old to know that this process could not end well.

Once the sordid operation was complete, Europe had automatically acquired another reason for refusing to discuss debt restructuring: it would now hit the pockets of European citizens! And so increasing doses of austerity were administered while the debt grew larger, forcing creditors to extend more loans in exchange for even more austerity.

Our government was elected on a mandate to end this doom loop; to demand debt restructuring and an end to crippling austerity. Negotiations have reached their much publicised impasse for a simple reason: our creditors continue to rule out any tangible debt restructuring while insisting that our unpayable debt be repaid “parametrically” by the weakest of Greeks, their children and their grandchildren.

In my first week as minister for finance I was visited by Jeroen Dijsselbloem, president of the Eurogroup (the eurozone finance ministers), who put a stark choice to me: accept the bailout’s “logic” and drop any demands for debt restructuring or your loan agreement will “crash” – the unsaid repercussion being that Greece’s banks would be boarded up.

Five months of negotiations ensued under conditions of monetary asphyxiation and an induced bank-run supervised and administered by the European Central Bank. The writing was on the wall: unless we capitulated, we would soon be facing capital controls, quasi-functioning cash machines, a prolonged bank holiday and, ultimately, Grexit.

The threat of Grexit has had a brief rollercoaster of a history. In 2010 it put the fear of God in financiers’ hearts and minds as their banks were replete with Greek debt. Even in 2012, when Germany’s finance minister, Wolfgang Schäuble, decided that Grexit’s costs were a worthwhile “investment” as a way of disciplining France et al, the prospect continued to scare the living daylights out of almost everyone else.

By the time Syriza won power last January, and as if to confirm our claim that the “bailouts” had nothing to do with rescuing Greece (and everything to do with ringfencing northern Europe), a large majority within the Eurogroup – under the tutelage of Schäuble – had adopted Grexit either as their preferred outcome or weapon of choice against our government.

Greeks, rightly, shiver at the thought of amputation from monetary union. Exiting a common currency is nothing like severing a peg, as Britain did in 1992, when Norman Lamont famously sang in the shower the morning sterling quit the European exchange rate mechanism (ERM). Alas, Greece does not have a currency whose peg with the euro can be cut. It has the euro – a foreign currency fully administered by a creditor inimical to restructuring our nation’s unsustainable debt.

To exit, we would have to create a new currency from scratch. In occupied Iraq, the introduction of new paper money took almost a year, 20 or so Boeing 747s, the mobilisation of the US military’s might, three printing firms and hundreds of trucks. In the absence of such support, Grexit would be the equivalent of announcing a large devaluation more than 18 months in advance: a recipe for liquidating all Greek capital stock and transferring it abroad by any means available.

With Grexit reinforcing the ECB-induced bank run, our attempts to put debt restructuring back on the negotiating table fell on deaf ears. Time and again we were told that this was a matter for an unspecified future that would follow the “programme’s successful completion” – a stupendous Catch-22 since the “programme” could never succeed without a debt restructure.

This weekend brings the climax of the talks as Euclid Tsakalotos, my successor, strives, again, to put the horse before the cart – to convince a hostile Eurogroup that debt restructuring is a prerequisite of success for reforming Greece, not an ex-post reward for it. Why is this so hard to get across? I see three reasons.

Europe did not know how to respond to the financial crisis. Should it prepare for an expulsion (Grexit) or a federation?
One is that institutional inertia is hard to beat. A second, that unsustainable debt gives creditors immense power over debtors – and power, as we know, corrupts even the finest. But it is the third which seems to me more pertinent and, indeed, more interesting.

The euro is a hybrid of a fixed exchange-rate regime, like the 1980s ERM, or the 1930s gold standard, and a state currency. The former relies on the fear of expulsion to hold together, while state money involves mechanisms for recycling surpluses between member states (for instance, a federal budget, common bonds). The eurozone falls between these stools – it is more than an exchange-rate regime and less than a state.

And there’s the rub. After the crisis of 2008/9, Europe didn’t know how to respond. Should it prepare the ground for at least one expulsion (that is, Grexit) to strengthen discipline? Or move to a federation? So far it has done neither, its existentialist angst forever rising. Schäuble is convinced that as things stand, he needs a Grexit to clear the air, one way or another. Suddenly, a permanently unsustainable Greek public debt, without which the risk of Grexit would fade, has acquired a new usefulness for Schauble.

What do I mean by that? Based on months of negotiation, my conviction is that the German finance minister wants Greece to be pushed out of the single currency to put the fear of God into the French and have them accept his model of a disciplinarian eurozone.

¿Y tú qué opinas de esto?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s