GOLPE DE ESTADO EN CATALUÑA: Los 3 millones de españolistas catalanes salen del armario: “Hasta aquí hemos llegado”, ante el abismo abierto por los golpistas que amenaza con tragarse a todos en la comunidad / “No somos una mayoría silenciosa, sino silenciada” /Los independentistas, desconcertados: de golpe, han perdido el monopolio de la calle / Ahora mismo banderas esteladas y españolas se venden mitad y mitad: en breve el remonte del patriotismo nacional arrollará a medida que se afianza y extiende: “No sabía que éramos tantos”, confesaban los del 8-O

Tras 40 años de silencio, los ‘unionistas’ catalanes toman las calles.

Viaje a la Cataluña rojigualda-

La clave, como tantas veces, la tenían los comerciantes paquistaníes. Por algo son expertos en detectar demandas insatisfechas: ya sea cerveza fría de madrugada o banderas para manifestantes novatos. En la madrugada del 8-O, descolgaron las esteladas de sus escaparates y las sustituyeron por banderas rojigualdas. Anticipaban que los catalanes españolistas se disponían a salir del armario. Y que, una vez fuera, iban a necesitar su uniforme.

Su profecía se cumplió. Cientos de miles se concentraron en Barcelona entre la sorpresa («no sabía que éramos tantos», decía un cincuentón en la Plaza de Urquinaona) y el desahogo («por fin hacemos lo que los otros», le respondía su esposa). Ambos caminaban con sus telas de baratillo a la espalda. Los pliegues de las banderas, recién desenvueltas, eran el síntoma claro de que, como la inmensa mayoría de los presentes, era la primera vez que salían a las calles.

La legendaria mayoría silenciosa por fin se hacía visible. Fue el equivalente españolista a la Diada de 2012, cuando el independentismo desbordó las calles. Pero, pasada una semana, aún queda un interrogante en el aire: ¿Por qué ahora?

El éxito de la convocatoria sorprendió a la propia organización, Societat Civil Catalana (SCC). El acto se anunció con cinco días de antelación, sin apenas estructura logística ni experiencia en eventos masivos. Así lo demostraba la infantiloide descoordinación de sus cánticos colectivos, en contraste con la impecable coreografía de los actos indepes. «Fue una catarsis totalmente inesperada», admite José Domingo, vicepresidente de SCC y redactor del manifiesto que se leyó al final del acto, quien cifra en un millón los asistentes (la Guardia Urbana lo reduce a 350.000).

Hasta el 8-O, las calles de Barcelona eran independentistas. Era frecuente que los actos callejeros de SCC ofrecieran una imagen bronca, gruñona y poco aseada. Andrea Levy, diputada del PP en el Parlamento de Cataluña, aún recuerda los Días de la Hispanidad en los que apenas lograban congregar a cientos de españolistas irredentos. «A los no independentistas nos expulsaron de festividades como la Diada», dice. «Apenas teníamos ocasión de salir a las calles».

‘Hasta aquí hemos llegado’

Todo cambió ese domingo, con una manifestación que, salvo incidentes aislados, se celebró con el entusiasmo asombrado de un niño que acaba de aprender a montar en bici. Cuatro días después, en el Día de la Hispanidad, el suflé se mantuvo hinchado: unas 65.000 personas entonaron el himno nacional tras congregarse en Plaza de Cataluña. Es decir, 13 veces más que hace sólo un año.

«Resulta paradójico que sea revolucionario defender lo obvio», dice Fernando de Páramo, secretario de Comunicación de Ciudadanos. «Este despertar no ha sido artificial, orquestado ni subvencionado. Ha sido un clamor de ‘Hasta aquí hemos llegado’ ante el abismo al que nos llevaba Puigdemont».

La sociología, desde luego, no sirve para explicar este estallido españolista. En 2010, cuando el Constitucional recortó el Estatut, momento que sirvió de acelerante para el procés, el 42,7% de la población se consideraba «tan española como catalana». Hoy, tras siete años de incesante propaganda y movilización soberanista, ese porcentaje apenas se ha movido: el 39,7%, según el Centro de Estudios de Opinión (CEO), dependiente de la Generalitat.

Es decir, el sentimiento nacional era idéntico hace unos años, pero no sacaba a la gente a las calles. Para Levy, la causa es simple: «El independentismo se manifestaba para conseguir algo: marcharse de España. Nosotros sólo queríamos mantener lo que tenemos y eso moviliza menos. Pero ahora sí que tenemos un motivo: la sensación de exilio interior que sufrimos los catalanes y el riesgo palpable de perder lo que eres y lo que sientes».

Domingo resume este motivo con menos lírica y una palabra concisa: «Angustia». Durante días, escuchó cómo familiares y amigos le contaban que ni siquiera podían dormir por la tensión política del momento. De sus 30 compañeros de trabajo, apenas uno o dos habían ido «alguna vez aislada» a los actos de SCC. «El 8-O, se manifestaron 25», dice.

El escritor Ignacio Vidal-Folch sostiene que «lo normal» en democracia es «quedarte en casa» y confiar en la Justicia. «Pero cuando escuchas a las autoridades decir que da igual que se marchen las empresas y que la gente saque sus ahorros del banco, te das cuenta de que te toca la labor desagradable de enfrentarte a estos indeseables».

Para lograrlo, tuvieron que romper un prejuicio arraigado en la sociedad: la estigmatización del disidente. Todo el que desafiara la ortodoxia nacionalista era visto como un facha o algo peor. Este mecanismo se exacerbó en los días previos a la manifestación, con figuras indudablemente progresistas como Joan Manuel Serrat o Isabel Coixet, cuyo linchamiento público servía de advertencia para el ciudadano medio.

‘Franco ya no es excusa’

El 8-O, en cambio, pasará a la historia como el día en que se pagó la última letra de la «hipoteca franquista». La expresión la acuña José Domingo, para quien las «putadas que hizo Franco a Cataluña» ya no pueden servir de excusa para acallar a las voces discordantes. «La gente salió a la calle con un mensaje muy claro: que ya no van a pagar una deuda que no es suya y que, estando en la puerta del matadero, no se van a dejar acallar con la coletilla fácil de que son fachas».

Hasta Gabriel Rufián, diputado de ERC y azote de los unionistas, admite que el 😯 había «mucha buena gente» con «todo el derecho» a manifestarse. De hecho, califica de «buena noticia» que los constitucionalistas salgan a la calle. «Queremos tanto que se manifiesten que nuestra aspiración es contarnos en las urnas de un referéndum».

-Un catalán con una bandera española, ¿es un facha?

-En absoluto. No me chirría para nada ver una bandera española en la calle. De hecho, hay edificios en los que conviven con las esteladas con normalidad desde hace años.

Y ahora, ¿qué? Es el dilema que afrontan los españolistas. Unos, como SCC, optan por mantener la movilización callejera. Otros, como C’s, creen que ha sido un movimiento imprescindible, pero puntual. «Las mayorías se demuestran en las urnas», afirma De Páramo. «No podemos manejar la democracia contando manifestantes, sino votos».

Aunque, en realidad, los más desconcertados son los independentistas. De golpe, han perdido el monopolio de la calle. Y, pese a sus buenas palabras, Rufián desliza dos críticas al entusiasmo por el éxito del 8-O: que mucha gente venía «de fuera» y «que entre ellos había gran parte de la derecha más reaccionaria, como Vox y la Falange».

Al oír estas críticas, Domingo diagnostica que el independentismo pasará tres fases. La primera, ya superada, fue «la sorpresa» al ver que sus rivales también tenían músculo callejero. Luego, la presente, en la que lo desacreditan vinculándolo a la extrema derecha y a los manifestantes de bocata y autobús. Y pronto, asegura, llegará la tercera: demostrar que aún son mayoría con una nueva oleada de manifestaciones independentistas.

De ahí que recurramos a diez tiendas de paquistaníes como sondeo informal de lo que está por venir. Tras el furor estelado y el contragolpe rojigualda, sus dueños dicen que ahora las banderas -a seis euros para los que saben regatear- se venden a partes iguales.

Cada día, uno de los bandos inclina la balanza a su lado. La venta de enseñas vive un equilibrio inestable. Igual que la Cataluña del procés.

Origen: ELMUNDO

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