Por fin se rompió el silencio; el golpe, sin embargo, sigue – El Mundo

JOSÉ GARCÍA DOMÍNGUEZ-

Quieren destruir España, su obsesión recurrente, pero lo único que han logrado es romper Cataluña en dos mitades; simétricas por lo demás. Esa gente,Puigdemont, Junqueras, Forcadell, los Jordis, el abuelo Llach, se llena la boca hablando de Cataluña a todas horas y, sin embargo, no la conocen; no la conocen en absoluto. Si supiesen cómo es la Cataluña tangible, la efectiva que que se extiende extramuros de su febril fantasía indigenista, nunca se habrían embarcado en ese crucero a ninguna parte con escala en Soto del Real. Pero, por extraño que semeje, casi nada saben de ella. De ahí que en su pequeño mundo de fantasías medievales las decenas de miles de catalanes que hoy salieron a la calle para intentar sacarlos del dulce sueño de la infancia, simplemente, no existan.

Como los niños y los locos, esa gente, Puigdemont, Junqueras, Forcadell, los Jordis, el abuelo Llach, prefiere morar en su grato universo onírico poblado de mentiras complacientes. Mentiras como la del pasado histórico cuidadosamente emponzoñado por los guionistas de su Matrix particular a fin de repoblarlo con una ristra interminable, infinita, de agravios inventados. Piadosas mentiras como la tediosa cantinera del quimérico 80% de catalanes supuestamente empecinado en ejercer el derecho africano y colonial a la autodeterminación; un embuste, el del mítico 80% que jamás nadie a visto en parte alguna, que los medios de comunicación del Movimiento, con la Televisión de las Tres Mil Colinas al frente, no paran de repetir ad nauseam. Mentiras oceánicas, enciclopédicas, cósmicas, como la del “sol poble”, que cual manso y obediente rebaño borreguil andaría presto a dejarse conducir por esos traficantes de unanimidades ficticias, sus lunáticos pastores, hacía el precipicio de la secesión de España.

Puigdemont, Junqueras, Forcadell, los Jordis, el abuelo Llach, creen con la fe del Gran Inquisidor que todos los demás mortales, a su imagen y semejanza, también tenemos que ser nacionalistas. Se les antoja inconcebible, por entero inconcebible, que cualquier crítica a los cimientos místicos, románticos e irracionalistas de su devoción gregaria no proceda de otro nacionalismo alternativo, el español por más señas. Y, sin embargo, el patriotismo de las decenas de miles de catalanes que desfilaron por las calles atestadas de la Barcelona leal no busca su fundamento último en imponer ningún canon ortodoxo de la catalanidad a nadie.

Los separatistas se sienten íntimamente galvanizados por esa brumosa entelequia que llaman identidad; las decenas de miles de patriotas catalanes que hoy decidieron dejar de esconderse y de callar se mueven, en cambio, por una muy concreta, universal, laica e ilustrada idea de la ciudadanía. Los separatistas barruntan que lo que hace concebible a su pequeña ínsula Barataria virtual es su no menos pequeña, endogámica, claustrofóbica e irrespirable culturita nacional; las decenas de miles de patriotas catalanes que hoy se mostraron tal cual son ante el mundo, en cambio, pueden reconocerse a sí mismos, y sin problema mayor, tanto en las cuatro barras de la señera como haciendo ondear al viento de la Barcelona libre una bandera rojigualda. Ni iguales ni comparables, sino distintos y distantes. Así se quieren.

Tan generalizada fuera de Cataluña, la percepción de que el separatismo sería hegemónico obedece al empeño que han asumido como obligación cotidiana el grueso de los medios de comunicación domésticos, tantos los públicos como los pensionados por la Generalitat, esto es, la totalidad de las empresas periodísticas con sede social en la región. De ahí que en la Cataluña del Santo Oficio Nacionalista y de los alguaciles audiovisuales del procés imperase desde hace lustros, ubicuo e incontestado, eso que los sociólogos llaman “espiral del silencio”. Una forma de totalitarismo blando en la que cuanto más se difunde una versión única de la realidad por la prensa, más tienden a apagarse las voces discrepantes. Un bucle de retroalimentación positiva, un círculo vicioso. Un proceso plagado de dulces y beatíficas sonrisas cuya estación término se llama fascismo.

En el País Vasco, los díscolos frente al nacionalismo obligatorio se jugaban la vida; en el país petit del abuelo Llach donde todo, incluida la hipocresía de los separatistas, es siempre mucho más pequeño y ruin, solo se juegan (de momento) el horizonte profesional, la proyección social y la consideración pública. “Bastaba un pequeño pacto con el diablo para dejar de pertenecer al equipo de los prisioneros y perseguidos y pasar a formar parte del grupo de los vencedores y perseguidores”, escribe Sebastian Haffner en Historia de un alemán.

Cuanto ha venido sucediendo en Cataluña durante décadas, y ante la indolente abulia suicida de todos los presidentes del Gobierno que se han ido sucediendo en la Moncloa, no ha sido tan distinto. Hoy, por fin, se rompió el silencio. Lo forzó la gente. El golpe, sin embargo, sigue.

Origen: Jo vinc d’un silenci

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