Así resumiría Franco el balance de la República: «En poco más de cinco años hubo dos presidentes, doce gobiernos, una Constitución constantemente suspendida, repetidos incendios de conventos, iglesias y persecuciones religiosas; siete intensos movimientos de perturbación del orden público, una revolución comunista (la del 34), el intento de separación de dos regiones y el asesinato, por orden del gobierno, del jefe de la oposición. El balance no puede ser más desdichado».
Memoria histórica, fascistas, Franco, las Trece Rosas, democracia… Yo invito a quienes se escandalizan ante los acuerdos anunciados por PP y VOX para acabar con la Ley de memoria histórica a que se hagan algunas preguntas muy sencillas:
¿De dónde creéis que venía tanto la preocupación como la profunda desilusión manifestadas por Ortega y Gasset el día 6 de diciembre de 1931, una vez concluido el proceso constituyente nueve meses después de proclamarse la República: «¡No es esto, no es esto! La República es una cosa. El radicalismo es otra. Si no, al tiempo»?
¿Qué pensáis que habría llegado a ver Unamuno cuando cinco años más tarde, el 3 de julio de 1936, escribía en su artículo «Justicia y bienestar» lo siguiente: «Cada vez que oigo que hay que republicanizar algo me pongo a temblar, esperando alguna estupidez inmensa. No injusticia, no, sino estupidez. Alguna estupidez auténtica, y esencial, y sustancial, y posterior al 14 de abril. Porque el 14 de abril no lo produjeron semejantes estupideces. Entonces, los más de los que votaron la República ni sabían lo que es ella ni sabían lo que iba a ser ‘esta’ República. ¡Que si lo hubiesen sabido…!»
¿Cuáles creéis que serían las razones por las que Gregorio Marañón, uno de los “padres espirituales de la República”, terminó por considerarla un «fracaso trágico», y a sus políticos como «desalmados mentecatos», lamentando doloridamente haber sido amigo de tales «escarabajos»? ¿Por qué Gregorio Marañón, cuando estalló la guerra, apoyó a Franco?
¿Por qué escribiría Salvador de Madariaga, ministro del gobierno de Lerroux, lo siguiente?: «El argumento de que José María Gil-Robles intentaba destruir la Constitución para instaurar el fascismo era a la vez hipócrita y falsa. Hipócrita porque todo el mundo sabía que los socialistas de Largo Caballero estaban arrastrando a los demás a una rebelión contra la Constitución de 1931, sin consideración alguna a lo que se proponía o no Gil Robles; y, por otra parte, a la vista está que el presidente Companys y la Generalitat entera violaron también la Constitución. ¿Con qué fe vamos a aceptar como heroicos defensores de la República de 1931 contra sus enemigos más o menos ilusorios de la derecha a aquellos mismos que para defenderla la destruían? (…) Con la rebelión de 1934, la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936».
También se puede reflexionar sobre esto que dijo Francesc Cambó antes de que llegase la República: «Si a España llega la República serán las izquierdas sociales las que la dominen y, probablemente, las que la deshagan». Un régimen republicano le parecía inviable en un país como España «por falta de republicanos». Indalecio Prieto (PSOE) coincidiría con Cambó y, curiosamente, también con Francisco Franco: «La tragedia de la República es que en la República no existen partidos republicanos».
¿Por qué Clara Campoamor escribiría en su obra «La revolución española vista por una republicana» cosas como las siguientes? Y fíjense que Campoamor no habla de nacionales contra republicanos, rótulos que ya encierran una trampa conceptual maliciosa, sino que habla de gubernamentales por un lado y de alzados por otro y así dice: «La división, tan sencilla como falaz, hecha por el gobierno (frentepopulista) entre fascistas y demócratas para estimular al pueblo no se corresponde con la verdad. La heterogénea composición de los grupos que constituyen cada uno de los bandos (…) demuestra que hay al menos tantos elementos liberales entre los alzados como antidemócratas en el bando gubernamental». Y continuaba: «La victoria total, completa, aplastante de un bando sobre el otro, cargará al vencedor con la responsabilidad de todos los errores cometidos y proporcionará al vencido la base de la futura propaganda, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras».
Y mucho cuidado porque con “gubernamentales” Clara Campoamor no se refiere a los republicanos, sino a la coalición frentepopulista a la que considera ya muy alejada de los intereses republicanos y de la que ella misma huyó.
Y así resumiría Franco el balance de la República: «En poco más de cinco años hubo dos presidentes, doce gobiernos, una Constitución constantemente suspendida, repetidos incendios de conventos, iglesias y persecuciones religiosas; siete intensos movimientos de perturbación del orden público, una revolución comunista (la del 34), el intento de separación de dos regiones y el asesinato, por orden del gobierno, del jefe de la oposición. El balance no puede ser más desdichado». Incluso personalidades relevantes del socialismo como Andrés Saborit, Besteiro y Lucio Martínez Gil, vieron desde el principio los peligros de poner en marcha una república antes de que la organización laboral hubiera adquirido la suficiente madurez. Porque en gran medida lo que advino fue una República prematura en la que la mayoría de los partidos políticos estaban mal organizados y contaban con muy pocos afiliados. La situación se agravó, además, porque el cambio de régimen vino acompañado de un fuerte cambio generacional que llenó el hemiciclo de políticos ingenuamente ilusionados con la utopía republicana pero que asumían el cargo de diputado por primera vez. Aquí os dejo el enlace a la serie de 13 capítulos que dediqué en 2019 al análisis de la II República española: youtube.com/watch?v=3XZfSc