Por qué siempre ha gobernado el PSOE en Andalucía y por qué, cuando menos se lo esperen, pueden quedarse sin cortijo, así… a lo tonto: “El deterioro de la educación, la sanidad y la asistencia social, muy intenso en los últimos años por la decisión de la Junta de hacer recortes para no tocar la administración paralela ni a su red de pesebristas, es ahora su talón de Aquiles” / “Los índices de pobreza son alarmantes: el 37,3% de la población (3,1 millones de personas) se encuentra dentro de los supuestos de exclusión social. Andalucía es una de las regiones más pobres de Europa. La política benefactora del PSOE, el peronismo rociero, funciona sobre todo para sus militantes, su entorno sociológico y los empresarios afines. Para los demás sólo es un espectáculo cotidiano” / “Los andaluces hasta ahora han votado de forma mayoritaria al PSOE, aunque en una regresión constante que desde el 55,2% de las primeras elecciones autonómicas ha caído a sólo un tercio de los electores. El mapa político de Andalucía nunca ha sido una foto fija. Cambia. Su única singularidad consiste en que lo hace muy despacio”. ¿Apostará Andalucía por su salida del pozo en diciembre, o aún habrá que esperar? – El Mundo

  • Los socialistas llevan lustros manipulando la conciencia regional para disimular sus fracasos y perpetuarse en el poder.
  • Única comunidad sin alternancia política, su gestión no ha conseguido sacar a Andalucía de la cola de Europa
  • Todo puede cambiar el 2 de diciembre, por Lucía Méndez

Algunos hablan del voto cautivo; otros, de inteligencia emocional. Pero si prescindimos del adjetivo en la primera afirmación -esa vinculación entre el sufragio y la falta de criterio- y obviamos el sustantivo en la segunda tendremos la respuesta de por qué las elecciones del 2-D serán un plebiscito sobre la hegemonía del PSOE en la mayor de las autonomías de España. El voto emocional. Los andaluces no manifiestan sus predilecciones ideológicas sin libertad. Tampoco puede decirse que lo hagan sin inteligencia. Pero además de los factores sociales, económicos y culturales, la elección de sus representantes tiene algo de cuestión sentimental. Es como un asunto de familia. Una declaración de principios sobre lo que creen ser, que no es exactamente lo mismo que lo que son. La política meridional no es una suma de evidencias. Es una realidad sentida. La ligazón emocional y el hecho de formar parte de un grupo social -los referentes culturales de Andalucía vienen del imaginario agrario- pesan tanto, o más, que los hechos. Lo que sigue es una guía que trata de explicar por qué no se ha producido una alternancia o, si se prefiere enunciar así, cuáles son los factores culturales que mantienen a la región lejos de la convergencia europea.

La conciencia regional.

Andalucía no aparece representada en los mapas como un espacio unitario hasta 1810. Su primera cartografía es obra de ingenieros franceses y evidencia que la región, generosa en localismos, carecía en el siglo XIX de una identidad distinta a la española y desconocía sus propias dimensiones. No es nacionalidad, aunque así la defina su Estatuto, ni nunca ambicionó ser Estado. Sólo es el Sur. Su autonomía es un artificio, una construcción del PSOE, que lleva lustros patrimonializando la marca Andalucía para justificar su existencia. Entre otros recursos alimenta un ridículo victimismo que exagera -o inventa- constantemente las falsas afrentas contra los andaluces para inducir una respuesta emocional, en vez de racional, entre los electores. A esta estrategia contribuye la propaganda institucional -que alimenta un mapa mediático frágil y dependiente del poder- y Canal Sur, que pese a su discreta audiencia juega todavía un papel central en esta ingeniería de la conciencia que, por ejemplo, alimenta el recuerdo del franquismo o presenta al autogobierno como una gesta de la Transición, mientras pasa de puntillas ante los problemas de la Andalucía real. La manipulación de esta conciencia regional ayuda al PSOE a disimular sus fracasos detrás del sentimiento patriótico. Un ejemplo es el lema elegido por los socialistas para esta campaña electoral: Con Susana, +Andalucía.

Una identidad artificial.

¿Podemos hablar de nacionalismo en Andalucía? Rotundamente, no. Existen organizaciones que lo reivindican. Sectores de Adelante Andalucía (Podemos-IU) hasta creen que existe un hecho diferencial, pero la defensa de la autonomía está asumida por todas las candidaturas, a excepción de Cs, algo más tibia. La mayoría de los andaluces carecen de una conciencia identitaria de orden político. Sus gobernantes no cuestionan el sistema territorial ni reclaman su reforma. Sólo quieren dinero. El sentimiento de identidad se concreta en instituciones colectivas -la familia, la pandilla de amigos, las entidades deportivas, las cofradías y grupos de otra índole- que siguen muy presente incluso en las ciudades. El denominador común entre estas representaciones de Andalucía no es el Parlamento. Ni la bandera. Son los servicios públicos: la educación, la sanidad y la asistencia social, carencias históricas. Según el Centro de Estudios Andaluces de la Junta, estos asuntos son los verdaderos símbolos de la conciencia autonómica. Su mantenimiento ha contribuido a la hegemonía del PSOE. De forma paralela, su deterioro, muy intenso en los últimos años por la decisión de la Junta de hacer recortes para no tocar la administración paralela ni a su red de pesebristas, es ahora su talón de Aquiles. Un factor que rara vez aparece en los análisis hechos desde fuera de Andalucía.

Un régimen clientelar.

En una Administración politizada a todos los niveles, el verdadero poder es el presupuesto. Quien lo administra quita y pone reyes, teje alianzas interesadas y ejerce el dominio absoluto de las organizaciones sociales. La confusión entre el ámbito público -la institución- y el partidario -el PSOE- ha sido una constante en la vida pública de Andalucía. Explica casos de corrupción como los ERE o los cursos de formación, es la génesis de escándalos como el desvío de fondos públicos para pagar fiestas en los prostíbulos (Faffe) y se concreta en ese fenómeno universal que unos llaman nepotismo -el aprovechamiento de lo público en favor de familiares, amigos y círculos sociales personales- y otros clientelismo -que es la extensión de estas mismas prácticas a ámbitos empresariales, sindicales y civiles-. Nada que no ocurra también en otras muchas autonomías.

La Junta financia (en su beneficio) toda la vida pública andaluza, manteniendo la ficción de que existe una dialéctica social entre actores con distintos intereses, pero donde sólo existe una fuente de poder: San Telmo, el palacio ocupado desde hace cinco años por el susanato. En Andalucía no ha existido nunca un régimen de poder distinto. Sus rituales mantienen rasgos atávicos y pueden resumirse, a la manera de los clásicos, con conceptos latinos: do ut des (doy para que me des), quid pro quo (hoy por ti, mañana por mí), nihil obstat (permiso concedido) y exitus acta probat (el fin justifica los medios). Para los socialistas y una buena parte de la población, Andalucía no es únicamente su tierra. Es sobre todo la madre nutricia.

Desigualdad, paro y pobreza.

Los ocupados andaluces -3.032.700 personas- contribuyen a los ingresos públicos regionales a través de un sistema fiscal insaciable que les permite disfrutar del dudoso honor de ser los ciudadanos que pagan más impuestos de España. Su economía depende del sector servicios, cuyo tamaño supera al industrial, a la construcción y al primario. La elevada tasa de paro, que castiga a 898.200 desempleados, el 22,9% de la población, ocho puntos más que la media nacional, es el gran quebranto de la región. El tejido empresarial es escaso, pequeño y está atomizado. Lo forman empresas diminutas, familiares, de las que más de la mitad carecen de empleados. Sólo 500 tienen más de 200 asalariados. La movilidad laboral es escasa. La gestión autonómica en las últimas cuatro décadas no ha logrado incorporar a Andalucía al proceso de convergencia europeo ni ha eliminado la desigualdad. Los índices de pobreza son alarmantes: el 37,3% de la población (3,1 millones de personas) se encuentra dentro de los supuestos de exclusión social. Andalucía es una de las regiones más pobres de Europa. La política benefactora del PSOE, el peronismo rociero, funciona sobre todo para sus militantes, su entorno sociológico y los empresarios afines. Para los demás sólo es un espectáculo cotidiano.

El mito del PER.

Desde fuera de Andalucía se sigue explicando el poder del PSOE por cosas como el subsidio agrario (antes PER; y PFEA, ahora). Este programa asistencial garantiza a los jornaleros eventuales una renta social inferior a los 2.500 euros al año. Aunque el sector primario en Andalucía duplica al español, su posición secundaria dentro de la economía regional desmiente que el PER, que se cobra en ocho comunidades españolas, sea un elemento electoral categórico. Sus beneficiarios perciben entre 574 y 430 euros durante seis meses. Eso es todo. Ni a efectos estadísticos ni económicos es la causa de la hegemonía del PSOE. Entre otras razones porque, al ser un programa estatal, también lo ha distribuido el PP.

Los andaluces hasta ahora han votado de forma mayoritaria al PSOE, aunque en una regresión constante que desde el 55,2% de las primeras elecciones autonómicas ha caído a sólo un tercio de los electores. El mapa político de Andalucía nunca ha sido una foto fija. Cambia. Su única singularidad consiste en que lo hace muy despacio.

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