Los principales periódicos coinciden: La rabia e inquina del PP-Podemos contra el pacto PSOE-Ciudadanos es el mejor aval del acuerdo

25/02/2016 02:37

La batería de descalificaciones que se lanzaron ayer desde el PP y desde Podemos contra el acuerdo firmado por Pedro Sánchez y Albert Rivera es, en estos momentos, su mejor aval.

Mientras que los líderes del PSOE y Ciudadanos hablaron de cesiones para que «ganen todos los españoles», a su derecha y a su izquierda se manejaron argumentos espurios para justificar un rechazo que responde básicamente al resentimiento que deben sentir tanto Mariano Rajoy como Pablo Iglesias.

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Al documento difundido ayer se le pueden poner muchas pegas, pero es el esfuerzo más serio hecho hasta el momento para poner las bases de un gobierno regenerador y reformista que, al mismo tiempo, no ponga patas arriba la economía del país.

Lo que deberían preguntarse los dirigentes del PP es qué hubieran dicho si ese mismo programa hubiera sido avalado por Rajoy. O mejor aún, qué elogios hubieran proferido si ese documento implicase que Rajoy, y no Sánchez, fuera a ser el investido como próximo presidente del Gobierno.

Las alternativas al pacto PSOE/Ciudadanos sólo pueden ser dos: o elecciones o un gobierno populista de izquierdas. Dado que ayer, tanto Sánchez como Rivera manifestaron la voluntad de mantener su compromiso incluso aunque el líder del PSOE no logre salir investido la próxima semana, tendremos que deducir que la segunda de esas opciones ha quedado definitivamente descartada.

Por tanto, el PP (que insiste una y otra vez en el deseo imposible del tripartito) tendrá que elegir entre apoyar un gobierno de centro izquierda o la incertidumbre de unas elecciones que difícilmente romperán el actual equilibrio electoral entre la izquierda y la derecha.

Al exigir como condición sine qua non para cualquier tipo de negociación la presidencia de Rajoy, el PP ha limitado de partida su capacidad para lograr apoyos. Es cierto que el PP ganó las elecciones, pero también lo es que el presidente en funciones lleva más de dos meses intentando una solución que no ha sido compartida por nadie.

A Rajoy le puede suceder como a un compañero de colegio, que era el único que tenía un balón de reglamento. Para compartir el balón ponía como condición ocupar el puesto de delantero centro. Lo que ocurría, casi siempre, es que terminábamos jugando con una pelota de goma y con él sentado en el banquillo.

Espero que el tiempo haga reflexionar a los dirigentes del PP. Pero si Rajoy quiere DE VERDAD hacer un sacrificio por España, debería negociar con el PSOE y Ciudadanos las condiciones de la abstención de su partido.

En cuanto a Iglesias, ¿qué decir? La sonrisa del destino le había puesto casi al alcance de la mano una vicepresidencia del gobierno con superpoderes y ahora esa posibilidad se ha desvanecido como un sueño al despertar.

Era lógica la pataleta de Podemos como partido despechado por el PSOE. Iglesias ha intentado por todos los medios marcar la agenda política del país respaldado tan sólo por 69 escaños, pero impulsado por la audacia de los que se creen en posesión de la verdad absoluta.

Sánchez y Rivera deben sentirse orgullosos por el acuerdo alcanzado, pero también deben prepararse para resistir la tormenta de piedras que se les viene encima.

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EL PAÍS EDITORIAL

Embrión de pacto

PSOE y Ciudadanos tienen un (modesto) proyecto. No todos pueden decir lo mismo

El programa anunciado ayer por PSOE y Ciudadanos es vago e insuficiente. Se repite demasiadas veces que los asuntos se estudiarán o aparece la idea de que tal o cual promesa —por ejemplo, sobre impuestos— se llevará a cabo cuando se pueda, términos excesivamente imprecisos para un verdadero programa de gobierno. Aún así, representa un embrión de proyecto: y por modesto que parezca, no todas las demás fuerzas con posibilidades de gobernar han llegado hasta ahí.

En el pacto sorprende la falta de ambición sobre Cataluña, el problema más importante que afronta España, salvo en lo que se refiere al rechazo de un referéndum de autodeterminación. Una propuesta más clara hubiera sido particularmente conveniente por tratarse de un pacto entre una fuerza que apostaba hasta ahora por la tercera vía y por la redefinición del modelo territorial y otra que chocaba frontalmente con el nacionalismo. Es de temer que este acuerdo despierte confusión y reticencias en Cataluña.

Resulta muy dudoso que la supuestamente ambiciosa reforma de la justicia se resuma en un recorte del Consejo del Poder Judicial; la cacareada supresión de las Diputaciones se convierte en una vaga referencia a consejos de alcaldes; y la derogación de la reforma laboral o de la de la ley de seguridad ciudadana (ley mordaza) no suenan igual en boca del candidato a presidente, Pedro Sánchez, que en la letra del documento firmado con Albert Rivera.

Muchos puntos necesitan explicación, corrección y matices. Ahora bien: es un esfuerzo que debería servir para desbloquear la situación. Podemos ha hablado con mucha claridad para desmarcarse del mismo. El PP no ha sido tan explícito, de momento, y eso le da la oportunidad de considerarlo un poco más despacio antes de precipitar una respuesta que no solo mantenga el bloqueo, sino la certeza de que ni ahora ni más tarde conseguirá apoyos externos si pretende erigirse en intérprete exclusivo del interés general.

Armar un pacto para corregir el rumbo de España fue el mensaje de las urnas; con mayor o menor acierto, solo el PSOE y Ciudadanos lo están intentando de verdad. Por sí mismos suman una fuerza demasiado escasa como para formar Gobierno. Pero si los demás bloquean cualquier solución que no les guste, es muy probable que sea preciso volver a la casilla de salida, en forma de repetición de unas elecciones en las que nadie tiene garantías de alterar sustancialmente la relación de fuerzas.

Un problema para que el pacto progrese en otras direcciones reside en que Sánchez es prisionero de sus promesas previas. Ante el comité federal del PSOE se comprometió a consultar a las bases respecto a los acuerdos a los que pudiera llegar, y ahora la dirección socialista plantea una pregunta tan vaga a la militancia que sugiere más un plebiscito interno sobre la persona del líder y candidato que una verdadera consulta. A su vez, Rivera exagera el valor del pacto como la ensoñación de una nueva Transición “para otros 40 años”.

Los nuevos políticos necesitan madurar, pero el proceso no puede mantenerse estancado. Al contrario: hace falta mucha voluntad política para desbloquearlo. Y tanto Pedro Sánchez como Albert Rivera han demostrado tenerla.

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