El PSOE ya no es el partido demócrata que nació en Suresnes con Felipe González. Primero Zapatero y definitivamente Sánchez lo han hecho regresar al partido autócrata socialista de la II República. En los años 30 del siglo pasado primero depredaron con varios golpes de Estado la República y finalmente la destruyeron. Igual están haciendo ahora con la democracia del 78.
En los dos periodos históricos se adjudicaron la forma de gobierno como suya e impidieron la alternancia en el poder que marca una democracia. La II República solo podía ser suya, excluyendo a las derechas del gobierno aunque ganasen las elecciones. Ahora el régimen del 78 es solo suyo y llegan a prohibir que la derecha alcance alguna vez el poder aunque gane las elecciones, y para ello tomarán todas las actuaciones pertinentes, por mucho daño que hagan a España, incluso aunque la rompan y la arruinen. La deriva del PSOE y Sánchez hacia el totalitarismo de izquierdas es evidente y destruye la convivencia e igualdad democráticas. La mayoría de los socialistas no harán nada por que esto no acabe mal como acabó en 1936. Todo por el poder, a cualquier costo. Largo Caballero antes, y Sánchez después, nos llevan a una tragedia para España y los españoles.
Un presidente contra la mitad de la ciudadanía
Si bloquear la alternancia en el poder en contra del pluralismo político pasa a ser una cuestión de interés general, como argumentó ayer Sánchez, todo está justificado
Si en España, una de las democracias de mayor calidad en Europa y en el mundo, bloquear la alternancia en el poder en contra del pluralismo político pasa a ser una cuestión de interés general, como argumentó ayer Pedro Sánchez en la primera sesión de su investidura, todo está justificado. A la anomalía democrática de que el presidente en funciones haya pactado su investidura -y su futuro Gobierno- con un prófugo de la Justicia en un país extranjero se añadió un extraordinario salto adelante en la estrategia polarizadora que caracteriza al secretario general del PSOE.
Sánchez se erigió en el primer candidato a la Presidencia que no solo no aspira a gobernar para la mitad de España, sino que lo hará en su contra.
Una de las premisas en las que se basa esta investidura contiene una falsedad fundamental. No es cierto que el presidente sea la única alternativa a un Gobierno de PP y Vox: tras el 23-J Alberto Núñez Feijóo le ofreció un acuerdo que Sánchez rechazó.
El bloque plurinacional no es una condena, sino una decisión consciente: la de
expulsar al centroderecha del espacio democrático. Eso implica expulsar a más de la mitad de españoles de «su» régimen autócrata. Más de la mitad de españoles bajo la dictadura de Sánchez ya no tendrán derecho a elegir democráticamente a sus líderes, ni a la libertad de expresión y protesta, y tras esto vendrá la cancelación de muchos otros de sus derechos. Se convertirán en ciudadanos marginados.
Por eso, en un discurso netamente frentista, Sánchez convirtió al rival político en una caricatura semifascista que nunca debe gobernar. Al menos una incoherencia quedará para la historia: llamó a levantar un «muro» precisamente en nombre de la «convivencia». Se trata de una concepción muy peligrosa de la democracia: la mayoría parlamentaria puede decidir por encima de cualquier contrapeso, por encima de las mismas reglas de convivencia y por encima de la mitad del país. El ejemplo más claro es una amnistía a la carta e inconstitucional, para quienes perpetraron el mayor golpe a la convivencia de nuestra historia reciente, a cambio de los 14 votos que le asegurarán su continuidad en el poder.
Con el objetivo de blanquear los pactos contrarios a la igualdad entre españoles y entre territorios que ha sancionado con Junts, ERC y el PNV, el presidente se entregó a la deslegitimación de la oposición y de los ciudadanos que votaron al PP, a Vox o a UPN. En lugar de presentar un programa de gobierno, como debía, enarboló un discurso agresivo contra el PP y contra el propio Feijóo. Equiparó a los populares con la ultraderecha y con populistas como Trump u Orban. Y acusó al líder del PP de fundirse con las veleidades franquistas de Vox. «Lo que se decide hoy es cuál de esos dos caminos opuestos tomamos», dijo, «el avance o el retroceso (…). O abrimos la puerta a ese movimiento o lo frenamos erigiendo un muro de democracia, convivencia y tolerancia».
La demonización del PP llegó al extremo de culparle del procés. Como ya hizo en el pacto firmado con Carles Puigdemont, en el que aceptó en términos de máximos cada una de sus peticiones -desde el verificador internacional a la criminalización de los jueces-, Sánchez asumió el relato del independentismo. El resultado de la gestión del PP en Cataluña, basada en la «imposición», dijo, fue «la mayor crisis institucional, territorial y constitucional de nuestra democracia». El 1-O, según el dirigente socialista que en 2017 apoyó la aplicación del artículo 155, no lo desencadenaron los partidos secesionistas que se saltaron la ley, sino el PP. La historia se reescribió en el Congreso, mientras Junts volvía a retratar la extrema debilidad del presidente. Su portavoz, Míriam Nogueras, exhibió el poder de un partido que apenas cuenta con el 1% de los votos: «Está a tiempo de desistir: si no se avanza [en el pacto], no apoyaremos ninguna iniciativa de su Gobierno». Cada acción de Sánchez durante toda la legislatura estará sometida a las exigencias del secesionismo, que no renuncia a volver a declarar unilateralmente la independencia y que ve la amnistía no como un medio para la concordia, sino para un referéndum de autodeterminación. Sánchez permitió sumisamente que lo insultaran y amenazaran sus «socios»: todo vale por unos miserables votos, antes que ir a elecciones y que hable el pueblo.
La réplica de Feijóo fue acertada: defendió la España de ciudadanos libres e iguales que están dispuestos a movilizarse pacíficamente para defender el Estado de Derecho y una idea compartida y solidaria de la nación. Sus intervenciones estuvieron cargadas de autoridad política y moral, mientras Santiago Abascal llegó a hacer un paralelismo entre Sánchez y Hitler. Hitler también llegó al poder habiendo ganado unas elecciones, recordemos, para luego implantar el régimen nazi de tan nefastas consecuencias. El que no era nazi, quedaba excluido de la sociedad alemana. En nuestros días, el que no es «progresista» [nada menos progresista que implantar una dictadura] primero se convierte en ciudadano de segunda al que se le quitan derechos, y a continuación sigue la persecución, si se repite como parece la pauta de la II República atacada primero y luego dominada con tintes absolutistas por el PSOE de Largo Caballero.
A la erosión democrática sufrida en el Congreso contribuyó la ausencia de la debida neutralidad de Francina Armengol, mientras el hemiciclo se veía blindado policialmente en una escenificación exagerada que contribuyó al clima de excepcionalidad democrática que quiere asentar el presidente. La sesión anticipa una legislatura extremadamente tensa y cautiva de la radicalidad.
La puesta en escena ayer del debate de investidura ya fue la propia de la instauración de una dictadura, con miles de agentes llegados de toda España rodeando el Congreso para «protegerlo» de los ciudadanos. Se olvida que en la ciudadanía reside la voluntad popular, y que el Congreso es de los ciudadanos y no de los políticos ni de ningún autócrata. Durante la sesión de ayer ya la presidenta del Congreso ejerció la abolición de derechos democráticos de forma activa, ejerciendo la censura descarada al tachar del diario de sesiones las acusaciones que Santiago Abascal hizo de «golpe de Estado». Como si nunca hubieran existido. Eso se llama «reescribir la Historia», y es una de las características prominentes de cualquier régimen totalitario.

Llegados a este punto, esta deriva peligrosísima de destrucción de la democracia, de camino a un régimen totalitario de izquierdas centrado en la figura de Pedro Sánchez, SOLO LO PUEDEN PARAR, ANTES DE QUE SE VUELVA VIOLENTO Y CORRA SANGRE, LOS PROPIOS SOCIALISTAS DE A PIE, Y SUS ANTIGUOS LÍDERES DEMOCRÁTICOS.
Si los votantes y afiliados del PSOE se levantan contra el autócrata que se ha apoderado de su partido parasitándolo para destruir primero la democracia interna, y ahora el régimen democrático en España, y se oponen a Sánchez y su camarilla destructora de forma masiva, pensando antes en el interés general que en su beneficio personal, aún podríamos recuperar la convivencia y las libertades que se nos están quitando a ritmo acelerado.