HUMOR: cómo hablan los asturianos y gallegos en inglés

Fragmento de la novela Crónicas de una parada desquiciada

SPEAKING GALEGO / BABLE

 

DÍA 8 DE SEPTIEMBRE DE 2014, lunes

Tengo tres alumnos. No está mal para empezar. Huumm, con pinta de listos. Vaya.

Empiezo con los dibujitos en la pizarra, imitando como puedo el vídeo infantil que me tragué la semana pasada.

-A veeeer. Esto es un boy y esta una girl. Van a la school. Porque ellos son chiquitos, estoooo, little, pequeños. Ah, y aquí está su teacher. Como es mi caso –y me pego golpes en el pecho, tipo yo Tarzán, tú Jane- yo teacher, vosotros clase, class. OK?

Me interrumpe un hombretón de unos 45 años, con gafotas y sin pelo.

Pardon me, is this some sort of a joke? [Perdóneme, ¿qué tipo de broma es esta?]

Me quedo mirándole alelada. Suena a locutor de la BBC. Pero que no decaiga. No puedo perder la cara delante de mis pupilos.

-Por ahí, por ahí vas bien, ya lo estás pillando –le digo en tono alentador.

La mujer morena sentada al fondo echa chispas.

Hey, pussycat! Whoever has hired you is an asshole! And we won’t be taken in by this shit of a lesson, right guys? –se vuelve hacia mí-: Got it?

-Eeeeh…

-¡Vale! En cristiano, p’a que lo entiendas: ¡Oye bonita! Quienquiera que te haya contratado es un gilipollas. No nos vais a tomar el pelo con esta mierda de lección, ¿verdad chicos?  -con sorna se vuelve hacia mí-. Y tú, ¿lo captas, o necesitas que lo repita en el dialecto de las montañas de Heidi? Porque me parece que no das para más.

-Oiga, señora, no me falte.

-No, si aquí lo que falta es un profesor de inglés como es debido –sigue ella cabreadísima-. Y lo que no va a faltar es mi denuncia de este antro ante la Guardia Civil, por intento de estafa.

En este justito momento irrumpe en el aula el propietario de la academia, todo alarmado y musitando excusas ininteligibles. Juraría que ha estado con la oreja pegada a la puerta. Menuda confianza que tiene en su personal.

Se le lanzan todos encima al desgraciado.

-¿Pero esto qué es? –y ya no tiene tiempo de soltar una palabra más.

Durante media hora mis alumnos, que otra cosa no, pero labia tienen para dar y tomar, lo arrinconan contra la pizarra, y le dicen de todo menos bonito en español castizo. Para que luego los eruditos se lamenten de que se está perdiendo la riqueza de nuestra lengua. Mi opinión personal es que aún da mucho de sí, particularmente si hay mucho hispanohablante cabreado.

-¡Cabronazo! –chilla la mujerona, perdidos ya todos los papeles.

I’d like to claim a refund. I wish my enrolment fee back [Quiero que me reembolsen el dinero de la matrícula]–aporta al mismo tiempo el hombretón de la clase.

El tercer toro Miura, digo alumno, es moreno, pequeñajo, y de pocas palabras, tanto en español como en inglés. No obstante se le entiende bien en el idioma universal de la humanidad. Se limita a agarrar al propietario por las solapas de la chaqueta, sacudirlo como a un frasco de jarabe para la tos,  y después intentar ahogarlo.

Los demás echamos mano también del cuello del propietario, para ver de liberarlo de aquellas zarpas que lo asfixian. Entra la señora de la limpieza, alucina con la escena, deja caer la fregona y el cubo, y sale corriendo piso adelante entre chillidos histéricos. Hum, su forma de menearse mientras escapa me parece conocida.

Pero no tengo mucho tiempo de fijarme. Aquí estamos a lo que estamos. O sea, a impedir un asesinato.

Por fin conseguimos liberar a mi jefe de las garras del moreno. Pero es casi peor, porque entonces los alumnos se reagrupan en una esquina, el propietario de la academia se les acerca con cautela, y todos juntitos se enzarzan en un inquietante cuchicheo que me preocupa. Me preocupa mucho. A los dos minutos, como si fueran un solo ser, todos se giran en mi dirección.

Qué miedo. Les chillo:

-¡A mí no me toquéis! ¡Que por un contrato de 15 horas al mes yo no aguanto ciertas cosas!

Se acerca el propietario de la academia. Tiene todo el cuello rojo, pero la cara ya es un poema de bermellón.

-Señorita, ¿no le había dicho que era requisito indispensable para enseñar en esta institución que usted supiera inglés?

-Aquí ese –señalo al corpulento sabelotodo- podría darle lecciones a la Commonwealth en pleno. Y la otra –por la mujerona- es la Thatcher reencarnada, vamos, apuesto cualquier cosa. En cuanto al Torerillo de Córdoba –por el moreno-, a ese le da usted una buena navaja de Albacete y ya no necesita más. Puede moverse sin problemas en todas las direcciones del globo, desde la Pampa argentina hasta la estepa rusa. Un políglota de los de antes. Ya me dirá usted a mí qué clase de ‘inisieision’ al ‘inglis’ me ha endosado.

Ahora sí que los he cabreado a todos. Ay, dios, qué miradas. El director me replica:

-Dije nivel ‘converseision’ de inglés, por dios. –Al final resulta que tiene él peor acento que yo, leñe-. Señorita, si ni siquiera entiende usted eso, será mejor que prescinda de sus servicios desde ahora.

Pero la turba a sus espaldas no se conforma. Quiere sangre, lo noto. Hay un movimiento envolvente en mi dirección.

-¡Atrás! –ordeno. Se contienen un poco. Tengo que salir de aquí.

Empiezo a retroceder hacia la puerta del piso pasito a pasito.

La mujerona, puesta en jarras, se encara con el director mientras tanto:

-¿Y eso es todo? ¿Se va de rositas esta indocumentada?

Gruñe el moreno peleón. Tampoco él está de acuerdo.

Incluso el hombretón sabelotodo murmura algo por lo bajo que suena muy mal. Haya dicho fuck o ‘coño’, no va en mi favor.

Por fin tengo la salida del piso a mi alcance. Por suerte la limpiadora la ha dejado abierta en su huida. Sigo su ejemplo y me precipito escaleras abajo. A mis espaldas oigo a la arpía del grupo chillar:

-¡Que se escapaaaa!

Bajo de tres en tres los escalones. Pero ellos tampoco se quedan atrás. Me siento como Contador con el pelotón pisándole los talones, ¡qué estrés de etapa! Llego al portal del edificio y por milésimas de segundo salgo y les cierro la puerta en las narices. Luego la sujeto firmemente, pero ellos tiran en su dirección como desesperados y, como son cuatro contra una, llevan las de ganar.

-¿Qué haces? –oigo la voz de Ari a mis espaldas. Habíamos quedado en que vendría a esperarme a la salida de la clase para volver juntos a casa.

No hay tiempo para explicaciones:

-¡Ayúdame, hombre! ¡¿No ves que me van a linchar?!

En un segundo se pone a mi lado, y me ayuda a sujetar la puerta. Ahora estamos en tablas a ambos lados de la entrada. A los pocos segundos oigo a Ari decir:

-¿Vamos a seguir así toda la noche?

-No, claro que no. ¡Piensa algo!

Me lanza una mirada de refilón sarcástica, mientras sigue agarrando firmemente la manilla para que no se abra:

-¿ te metes en estos líos y soy yo el que tiene que pensar algo?

-Pues si no quieres pasar aquí la madrugada… -estoy siendo cáustica, lo sé, pero… ¡qué poca solidaridad marital! Si lo sé, no me caso.

Dentro se oyen los alaridos frustrados de la jauría, que ve cómo su presa queda fuera de su alcance.

-Vale -dice Ari, mientras afianza más la puerta con el pie izquierdo- pero no te va a salir gratis: quiero los platos lavados justo después de cada comida, cuando sea tu turno. ¿Hay trato?

¡Cabrón! ¡Cómo se aprovecha!

-Hay trato –murmuro retorciéndome.

De pronto Ari comienza a soltar una parrafada. No entiendo lo que dice, pero su discurso se halla entreverado de muchos right?, OK?, y acaba con un sorry, people [lo siento, gente]. Me señala con una mano y, siempre farfullando con la boca llena y la lengua paralizada en el paladar, como cuando el dentista se pasa con la anestesia y luego vas babeando por la calle, cuenta algo sobre mí. Todos los de dentro estallan en carcajadas. Luego dejan de intentar salir y se retiran un poco hacia las escaleras. Me miran con sorna.

-¿Qué… les… has… dicho? –farfullo yo, muy mosqueada.

-Ah, nada. Que hoy no te has tomado tu medicación y que eres miembro de la plataforma ‘Tomemos Gibraltar y Andorra’ y por eso…

¿Y tú qué opinas de esto?