Adiós al «mejor obispo de Asturias»: Fallece Gabino Díaz Merchán, prelado emérito de la Diócesis y su pastor entre 1969 y 2002. El prelado «más querido» por los asturianos tuvo un papel clave en la Transición española y la historia más reciente de Asturias

Ha muerto «el mejor obispo de Asturias», el más querido. Gabino Díaz Merchán, don Gabino para todos, prelado emérito de una Archidiócesis en la que no hay quien tenga una mala palabra para su gobierno, acaba de fallecer a los 96 años. Y, con él se van, en palabras de muchos como el cura gijonés Fernando Fueyo, «el mejor pastor que ha tenido nunca la Iglesia asturiana» y toda una época en el que este hombre nacido en Mora (Toledo) el 26 de febrero de 1926 tuvo que lidiar con la convulsa España de la Transición como líder de la Conferencia Episcopal Española, en la que «muchas veces fue incomprendido», y en la que solo tuvo un afán que guiase sus pasos: «El perdón y la reconciliación».

Bien sabía Gabino Díaz Merchán (nombre que heredó de un tío franciscano) de lo que hablaba. Porque, cuando apenas tenía diez años, él y su hermana se quedaron huérfanos de madre y padre en los albores de la Guerra Civil. Él mismo lo rememoraba con un hilo de voz y el recuerdo de aquel niño que siempre quiso aferrarse a la idea de que los dos habían logrado escapar a México: «Fueron a por mi padre, que era un pequeño empresario. No era un potentado, ni adinerado, ni un líder político. Dijeron que lo llevaban al Ayuntamiento y mi madre quiso acompañarlo, pero en realidad no iban allí, sino a la cárcel. Ella comprendió lo que pasaba y dijo, que si le mataban, quería morir con él. Le contestaron que estaba loca, que nadie pensaba hacerle nada a su marido. Y mi madre regresó triste a casa. Al cabo de una hora, volvieron a por ella. Creyó que mi padre ya había resuelto el asunto. Pero, cuando llegó a la prisión, lo encontró montado en un coche con otro señor, al que también mataron. La hicieron subir a ella. A la media hora los fusilaron en la carretera que va de Mora a Orgaz, cerca del cementerio de aquel pueblo. Sabemos, por los testimonios de los mismos ejecutores, que en el camino ella iba preparando a mi padre, que estaba deshecho con el pensamiento de dejar a sus hijos huérfanos. Le decía: «Mira, no vas a querer tú más a tus hijos que Dios; Dios proveerá; tienen a sus tíos, a su abuela…’».

También se enteró luego, como contó en la revista ‘Vida nueva’, de que «ella le consolaba y rezaba con él; también cuando se disponían a fusilarlos le vendó los ojos. Mi padre murió en sus brazos. Y ella, mirando al pelotón, dijo: ‘¡Viva Cristo Rey!’. Y refirieron que mi madre, unos instantes antes de morir, dijo: ‘Así no vais a ganar la guerra, matando a hombres de bien’. Le enterraron con mi madre en una fosa común. De allí los desenterramos al acabar la guerra. El cuerpo de mi padre tardó en aparecer porque estaba en lo más hondo de la fosa. Pasamos unos momentos de mucha angustia. Al lado de nuestra fosa había otra, con restos de mujeres de izquierdas, a las que había fusilado Líster, por haber tenido un comportamiento desleal a las normas, y sin guardar con ellas ningún procedimiento jurídico. Y, bueno, sus familiares y nosotros, mutuamente, nos estuvimos consolando, aunque unos y otros habían muerto en circunstancias tan distintas».

Aquel trauma marcaría una infancia en la que Gabino y su hermana Paquita crecerían juntos, como uña y carne. Con una de sus abuelas primero, con unos tíos después. «Comía muchas lentejas con cocos», suele decir al recordar aquellos tiempos de carencia en lo material, que era suplida al sentirse «mimado por la familia».

Fueron tiempos de penurias en los que, después de un periodo de «vida montaraz, sin prácticas religiosas en las iglesias», le asaltó la idea de ir al Seminario en 1941, cuando, con quince años, asistió casualmente a la ordenación de varios sacerdotes en su pueblo. «Yo quiero también ser cura», se dijo aquel chaval de Mora, todavía impresionado. Y acabó ingresando en el Seminario de Toledo, donde muy pronto descubrirían sus maestros la gran capacidad intelectual del joven seminarista, que fue enviado al que entonces era uno de los mejores centros de estudio de la Iglesia española, la Universidad Pontificia de Comillas, regida por los jesuitas, donde se licenció en Filosofía y se doctoró en Teología y de donde salió dominando varias lenguas.

Gabino Díaz Merchán se ordenaba en la localidad cántabra con 24 años, el 13 de julio de 1952, y pronto empezaría a impartir clases en Toledo, llegando a ser un destacado sacerdote de Acción Católica y de los Cursillos de Cristiandad, además de capellán por el rito mozárabe, con gran tradición en la multicultural ciudad. Alguna misa ofició con el correr del tiempo en Valdediós siguiendo este rito.

Su principal protector en Toledo era el el cardenal-arzobispo Enrique Pla y Deniel, primado de España. De hecho, fue él quien propuso al joven Díaz Merchán al Papa –y a Franco– su nombramiento como obispo, que llegaría en 1965.

 

Gabino Díaz Merchán, un repaso a su trayectoria

 

Vídeo | Fallece Gabino Díaz Merchán

La decisión ya se había tomado, pero no podía hacerse público hasta las doce del mediodía de la fecha señalada. Ese día, reunido Pla y Deniel con varios cargos eclesiásticos, no dejaba de mirar su reloj. «¿Son ya las doce de la mañana?», preguntó. «Sí, señor arzobispo», le contestó uno de los asistentes a la reunión. «¿En todos los relojes?», insistió el cardenal. «Sí», le respondieron otros tras consultarlo. «Pues ahora ya puedo decir que Gabino Díaz Merchán es Arzobispo de Guadix-Baza», confirmó.

Era aquel un destino complicado, una zona muy atrasada económicamente en la que le volvió a golpear con fuerza la miseria. «Usted va a una Diócesis donde es más importante el obispo que el gobernador civil», recordaba don Gabino que le dijo entonces Franco. Y enseguida vio que era cierto, pero pronto supo ganarse el favor de la gente, como refleja bien un episodio que solía contar: «Un día me paró la Guardia Civil por pisar una raya continua. El agente no me reconoció y cuando le dí el carné de conducir me dijo: ‘Pero si es usted el arzobispo. No puedo multarle’. Insistí en que, aunque fuese el arzobispo, si había cometido una infracción debía pagar la multa, como cualquiera. ‘Si le multo a usted mi mujer me echa de casa’, me dijo el agente antes de marcharse».

Allí permanecería hasta 1969, cuando sustituyó al mismísimo Vicente Enrique y Tarancón al frente de la Archidiócesis de Oviedo, otra plaza complicada. Y enseguida ofreció otra muestra indiscutible de su carácter: lo primero que hizo fue dar misa en la Santa Cueva el 20 de septiembre, entrando en la capital al día siguiente, festividad de San Mateo, y, en cuanto pudo, bajar a la mina.

Estaría don Gabino al frente de la Iglesia asturiana treinta y tres años, hasta que el 7 de enero 2002 el papa Juan Pablo II aceptó su renuncia ante su avanzada edad, siendo sustituido por Carlos Osoro y recibiendo el título de emérito de la Archidiócesis.

Fte: EC

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